jueves, 15 de febrero de 2018

Fake News



Recientemente parece que se ha puesto de moda, si puede calificarse así, lo que se ha bautizado (siempre los anglicismos) como fake news. Con lo fácil que sería llamarlas noticias falsas, falsificadas o engañosas. Da igual como las llamemos, el caso es que tienen por objeto intentar convencer al lector o al espectador de la veracidad de un hecho que, en realidad, no ha ocurrido o bien ha tenido lugar en otro contexto, en otro lugar o en otro momento distinto al que quiere hacer creer. Siempre ha habido mentirosos, pero estas falsedades a las que me refiero tienen una finalidad especialmente perniciosa para la sociedad.

Si no todos, casi todos hemos sido objeto de una farsa que, en muchos casos, ingenuamente, dando crédito a lo publicado, hemos difundido, actuando de transmisores de una falacia que puede causar un mal irreparable a la imagen del sujeto contra el que va dirigida. Se tergiversa la realidad, se falsea la verdad y se calumnia impunemente.

Aunque parece que por parte de algunas entidades u organizaciones se quiere poner coto a esta avalancha de noticias manipuladas, aconsejando contrastar su veracidad antes de darles crédito, me da la impresión de que nos encontramos ante algo imparable. El frenesí por hacerse con información alarmista, por un lado, y la inmediatez del conocimiento y de la comunicación, por otro, propicia que, en cuestión de minutos, una noticia, verdadera o falsa, alcance el otro extremo del planeta.

Lo verdaderamente preocupante, en mi opinión, es la motivación que subyace en esas falsas informaciones que, en la gran mayoría de los casos, no es otra que crear alarma social, un descontento generalizado, un profundo malestar, una preocupación innecesaria o una reacción furibunda contra un determinado personaje público, un movimiento social, una entidad, sea pública o privada, o un gobierno, tanto municipal, autonómico o central.

Una imagen manipulada, en la que se han añadido elementos distorsionadores que no existían en la realidad; la reproducción de tweets o comunicados falsos convenientemente manipulados ─verdaderos montajes visuales─; la divulgación, por WhatsApp u otros medios, de escritos o manifestaciones atribuidas falsamente a personajes famosos; noticias sobre hechos que tuvieron lugar hace años y que se intentan colar como actuales; vídeos sobre actos públicos a los que se les ha cambiado la finalidad; afirmaciones que se ponen en boca de quienes no las hicieron; textos o palabras sacadas de contexto para hacer creer lo que no es. Y así un largo etcétera de despropósitos que, por desgracia, producen en el público receptor el efecto deseado por sus impulsores.

Crear malestar, discordia, temor, incluso odio de forma gratuita, deberían ser hechos, no solo merecedores de repudio y censura moral, sino también punitivos. Aun siendo un acérrimo defensor de la libertad de expresión, no debe tolerarse la calumnia ni el ataque contra el honor de quienes son, presunta o realmente, honorables. Calumnia que algo queda, deben pensar sus autores. Y así es, por desgracia. Hacer creer a la ciudadanía una soberbia mentira es un acto que, hecho a conciencia, con alevosía, calificaría de delictivo. Se ha llegado a un punto que, personalmente, dudo de todo lo que leo y veo. Hay verdaderos “artistas” (aunque debería decir delincuentes) de la manipulación. Así pues, ante la incertidumbre, cautela; ante una acusación, prudencia; ante un insulto, intolerancia. Solo las pruebas irrefutables deben tener la última palabra.

Las redes sociales son un caldo de cultivo para esa contaminación informativa generalizada, por ser las que gozan de mayor libertad de actuación y movimiento. Yo mismo he caído, en más de una ocasión, en la trampa de las noticias falsas y he tenido que arrepentirme por haber dado crédito a una crítica inculpatoria o unas imágenes aparentemente veraces que, luego, han resultado ser totalmente falsas. Y entonces me he sentido como un cretino por haber dado pábulo a infundios inventados por unos perfectos desaprensivos. Seguimos así una cadena, compartiendo informaciones que, al haberlas recibido de una persona de confianza ─que también ha picado el anzuelo─, las damos por buenas y colaboramos, de este modo, a pasar el testigo a otros que, a su vez, obrarán del mismo modo. Y así sucesivamente.

Ni tan solo los medios de comunicación “oficiales” (periódicos y cadenas de televisión) son cien por cien fiables, pues también tienen intereses ocultos y se deben a la mano que les alimenta. Pero es más fácil descubrir un engaño en estos medios al poder contrastar una información, posiblemente interesada, con otras fuentes. Y, aun así, no tendremos la certeza absoluta de quién cuenta la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Pero, por lo menos, nos acercaremos más a ella. La inteligencia, la formación, o cuando menos el sentido común y la ecuanimidad deberían hacer el resto. Pero resulta tan difícil ser ecuánime, sobre todo cuando de política se trata, un terreno especialmente pasional, proclive a fomentar equívocos y a usar este tipo de comportamiento malintencionado.

En inglés existe una máxima que dice no news, good news, que significa que la ausencia de noticias ya es una buena noticia. En el caso que aquí me ocupa, me inclino por una versión algo distinta, cambiando, además, el orden de los términos: fake news no news.



jueves, 8 de febrero de 2018

El arte de escribir y otras disquisiciones



Hay muchas clases de crisis. Las hay que afectan a toda una sociedad, como la económica, la laboral, la política; y las hay personales, como la religiosa, la existencial, la de identidad. Yo experimenté la famosa crisis de los cuarenta unos años más tarde. Una reacción tardía. Afortunadamente duró poco. Ahora, tras más de cuatro años de practicar la afición que llevaba agazapada tanto tiempo, me temo que le ha llegado el turno a otra crisis: la crisis del escritor. Pero si fuera eso, podría darme por satisfecho, pues llevaría implícito algo muy importante. Ello significaría que soy escritor.

En un principio iba a dedicar esta entrada exclusivamente a mi ingrata experiencia en los concursos literarios, pero finalmente he optado por algo mucho más amplio como es mi autoevaluación como escritor de relatos. Y es que la reflexión sobre el éxito o fracaso en los concursos, un parámetro que demuestra el nivel de calidad del participante ─o por lo menos así debería ser─, me ha arrastrado a valorar también mi desempeño o pericia a la hora de escribir y publicar.

Aunque hace bastante tiempo ya escribí sobre los concursos que acaban sacando un provecho económico de los participantes, en esta ocasión la revisión retrospectiva de mi participación en ellos, que ha sido más bien escasa comparada con la de muchos colegas de letras, me ha llevado a tomar una decisión: no volver a presentarme a ninguno más. ¿Por qué? Porque, simplemente, los concursos literarios y yo no nos llevamos bien.

En los últimos tres años me he presentado a treinta certámenes nacionales. Solo en uno obtuve un accésit menor y paralelo al certamen principal y he llegado a pensar que se debió a la escasez de textos participantes en esa modalidad. En otros seis concursos fui uno de los múltiples finalistas que vieron su relato publicado en una Antología que la entidad convocante vendía a los interesados a un precio no demasiado módico, un anzuelo en el que seguramente mordimos muchos solo por ver nuestro relato publicado. Pero este tema, como he dicho, ya lo traté en su día.

No voy aquí a vilipendiar a las entidades convocantes de certámenes literarios y quejarme de la injusticia de sus dictámenes, de la arbitrariedad de los jurados, de eso y de aquello. Parecería la queja del fracasado o del resentido. No, aquí quiero tratar de algo personal y mucho más subjetivo que la opinión de un lector-evaluador o la cualificación crítica de un jurado. Aquí quiero tratar del valor que yo mismo le doy a mis relatos, incluyendo a los presentados a concurso y que quizá sea el quid de la cuestión, la verdadera razón de los fracasos que he ido acumulando.

En la novela de Carlos Ruiz Zafón, “El príncipe de Parnaso”, aparece un personaje, Anselmo Giordano, un supuesto discípulo de Leonardo Da Vinci, que aspira a ser tan buen artista como su maestro. En un momento dado, este le dice: “Joven Anselmo, no le entristezcan mis palabras, sino vea en ellas una bendición (…). Será usted un hombre afortunado, será usted un hombre querido y respetado por sus conciudadanos, pero lo que nunca será, aunque tuviese todo el oro del mundo, es un genio. Hay pocos destinos más crueles y amargos que el de un artista mediocre que pasa la vida envidiando y maldiciendo a sus competidores. No malgaste su vida en un destino aciago. Deje que el arte y la belleza los creen otros que no tienen más remedio. Y con el tiempo aprenda a perdonar mi sinceridad, que hoy duele, pero mañana, si la acepta de buena voluntad, le salvará de su propio infierno”. Esas palabras me quedaron tan grabadas que, de pronto, me vi reflejado en el pobre Anselmo Giordano.

Mi papel de Anselmo en la vida real podría muy bien estar haciéndome creer que soy mejor escritor de lo que realmente soy y de ahí mi fracaso como candidato a un premio literario, por modesto que este sea. Y, sinceramente, no creo estar muy equivocado y os diré por qué: porque cuando leo mis relatos antes y después de presentarlos a un concurso, los valoro de forma muy distinta. Y este efecto es todavía más patente cuando, transcurridos unos meses, cuando se aproxima el momento del veredicto, releo el relato con el que he participado y empiezo a ver detalles negativos que, aun habiendo corregido el texto una y otra vez, no los identifiqué. Y cuando por fin se ha hecho público el veredicto, tengo la certeza de que su calidad no estaba a la altura de lo que se espera de un relato ganador. Es entonces cuando me percato que una cosa es escribir bien y otra escribir muy bien.

Cada vez tengo más claro que un premio no lo gana una historia simplemente amena, entretenida, interesante, correctamente escrita, sin más. Para ser merecedor de un premio hay que escribir algo distinto a lo habitual, algo que llame poderosamente la atención del jurado, tanto por la idea (el fondo), como por el estilo narrativo y recursos literarios (la forma). Y esto último solo lo logran los escritores con mucha práctica o con mucho talento. Es cierto que hay premios inmerecidos, por las causas que sean, pero, muy a mi pesar, quiero creer que un jurado de un certamen literario con pies y cabeza, está lo suficientemente cualificado para discernir una obra de gran calidad de otra de buena calidad.

Viendo, pues, que no soy carne de concurso, ¿para qué participar si solo voy a padecer el tormento de la espera de la “sentencia”? Porque esta es otra cuestión, que definiría como paradójica. Cuando, en un derroche de optimismo e imaginación, me veo recibiendo el galardón en público, ante una concurrida audiencia y de manos de las distinguidas autoridades (en el caso de concursos organizados por ayuntamientos) o de reconocidos escritores y personajes locales (en el caso de entidades y sociedades culturales), empiezo a desear que no sea yo el afortunado. Contradictorio, ¿no? Es más, cuando tengo conocimiento de la parafernalia que rodeará al acto de entrega de premios, me entra una especie de canguelo, y luego, cuando compruebo que no he sido afortunado, siento un gran alivio y pienso que mejor estoy en casa que sobre un estrado. Quizá sea esta una forma de consolarme, como la fábula de la zorra y las uvas, o un claro exponente de mi inseguridad, timidez e introversión.

Pero al margen de los concursos, algo parecido me ocurre con lo que publico en mi blog de relatos “Retales de una vida”. Una vez publicados ya no me parecen tan buenos y originales. Siempre me propongo que el próximo será mucho mejor, el mejor de todos los escritos hasta el momento. Y luego, vuelvo a las andadas. Quizá debería dejar reposar el texto unas semanas y volverlo a leer desde otra perspectiva, como lector y no como autor, con esos otros ojos que muchos escritores recomiendan usar cuando tienen que revisar sus obras.

No hace mucho llegué a plantearme aparcar por un tiempo la escritura de relatos para darle un empujoncito a un embrión de novela que tengo en el congelador desde hace muchos meses. Pero si un buen relato ya se me antoja una tarea difícil, ¿qué no será una novela? La idea está ahí, pero ¿cómo darle la debida forma para que resulte de una calidad indiscutible? ¿Y luego qué? ¿Volver al penoso e infructuoso intento de hallar una editorial que desee publicarla? Si tuviera que atenerme a lo que ha significado publicar mi recopilación de relatos “Irreal como la vida misma”, ni siquiera debería planteármelo. Claro que, aunque la experiencia haya resultado un fracaso en el aspecto “comercial”, también me ha dado algunas satisfacciones.  

Pero no todo acaba ahí, recurriendo a la auto-publicación como una solución o desquite a la negativa o a la indiferencia de las editoriales. Hoy día publicar, o simplemente darse a conocer como escritor, requiere un esfuerzo añadido al ya de por sí complicado ejercicio de buscar un editor o un público. Más de un escritor novel ha acabado tirando la toalla al descubrir que para tener éxito no solo es preciso escribir, y hacerlo bien, sino que hay que emprender toda una batería de actividades para, como dicen los entendidos en la materia, lograr “visibilidad”, y que son actualmente imprescindibles: participar activamente en las redes sociales utilizando todas sus aplicaciones (Facebook, Twitter, Instagram, You Tube, etc.) a la busca y captura de lectores; asistir a eventos, encuentros, presentaciones; intentar conocer a tu público potencial; hacer NetWorking con otros escritores y grupos de escritores; practicar el Guest-posting, actuando de invitado en blogs de tu área; hacer email marketing; dominar el posicionamiento SEO, para saber quiénes te siguen, de dónde son y a qué se dedican; y generar una marca personal, para que todos sepan quién eres y cuál es tu obra. Y supongo que todavía hay más.

De entrada, diré que, exceptuando la difusión por las redes sociales (y solo en un par de ellas) no sigo ninguno de esos consejos, por falta de conocimiento y por indolencia. He ahí dónde debe estribar el origen de mi fracaso como escritor auto-publicado. Y por una vez en la vida, aun conociendo mi “defecto”, no pienso rectificar. Mea culpa, mea máxima culpa. A fin de cuentas, tengo la suerte de no escribir para vivir. Tampoco vivo para escribir, por mucho que me guste. Así que para qué tanto alboroto. Toda esta vorágine de actividad que implica darse a conocer no va conmigo. Como el título de un antiguo relato que escribí, me defino como un rebelde con causa. ¡Qué le vamos a hacer!

Si ya no doy abasto con lo que se publica en Facebook y otras redes sociales, con lo que se publica en las comunidades de escritores ─y sin ser muy participativo que digamos─ y en los “blogs amigos”, cada vez más numerosos, solo con imaginar lo que requeriría darme a conocer en el mundo de la ciber-cultura siguiendo las pautas anteriormente mencionadas, se me ponen los pelos de punta.

Es curioso ver cómo ha cambiado el panorama desde que decidí empezar a escribir. Al principio escribía solo como diversión. Luego vino el gusanillo de abrir un blog para dar a conocer lo que escribía, y con ello aparecieron lectores y lectoras que dejaban sus comentarios. Y luego la zozobra por ver quién dejaba ese comentario y qué decía, aunque debo añadir que, salvo en una ocasión muy desagradable, todos han sido elogiosos o, cuando menos, amables. No obstante, si mis cálculos son correctos y solo un cinco por ciento de las visitas que contabiliza mi blog de relatos deja un comentario, debería deducir que al noventa y cinco por ciento restante no les gusta lo que leen o les deja indiferentes. Y si la mayoría es la que manda, aun siendo silenciosa, esa debería ser una prueba fehaciente de cuál es, a ojos ajenos, la calidad de lo que escribo.

Entonces, si considero que la calidad de mis relatos no está a la altura de lo deseable, como para competir en un concurso, y solo a una minoría de los seguidores de mi blog le gusta los relatos que publico, debería también reconsiderar si vale la pena continuar con esta labor escritora, sobre todo teniendo en cuenta un hecho que merece de toda mi atención: que, aun habiendo mejorado en estilo narrativo, recientemente ando más bien escaso de ideas originales. Por mucho esfuerzo que pongo en la labor, el resultado final no me acaba de satisfacer. Releo escritos antiguos y me agradan más que los más recientes, y no porque hoy escriba peor, sino porque ahora las ideas no fluyen con la misma naturalidad. Si en mis inicios los relatos se agolpaban en el ordenador esperando a ser publicados, ahora debo forzar la máquina para provocar nuevas ideas. Ello, a mi juicio, va en contra de la naturalidad y la falta de naturalidad entorpece el buen gusto. Por mucho que se diga que la inspiración tiene que encontrarnos trabajando, si quiero que mi vida (literariamente hablando) sea fructífera, no debería machacar mi cerebro, sino dejarlo a su libre albedrío, a sus anchas, para que fluya de él lo que él desee.

Que conste que esta reflexión es sincera y no busca el elogio, esa actitud hipócrita de los que fingen menospreciarse para que les regalen los oídos con alabanzas, esas falsas autocríticas para provocar la respuesta que se quiere oír. De hecho, si tuviera que atenerme a los comentarios que han recibido hasta el momento mis relatos, debería sentirme muy satisfecho, pero mi percepción, en general, me crea serias dudas. Sobre todo, cuando leo a otras “plumas” mucho más bien dotadas que la mía. Hay muchos y muy buenos escritores. Y algunos incluso publican con éxito. Entonces, ¿qué hago yo metido en este berenjenal? ¿Debería prescindir de estas impresiones subjetivas y dedicarme a lo que me gusta prescindiendo de lo que puedan opinar algunos? Cierto. Pero una cosa que he descubierto desde que practico la escritura es que sí me importa la opinión ajena. ¿Qué opinaríais si, por ejemplo, obsequiaseis a diez personas, que leen habitualmente, un ejemplar del libro que acabáis de publicar y solo una os dice que le ha gustado mucho, mientras que el resto se abstiene de hacer comentario alguno? Podríais pensar que solo lo ha leído quien ha hecho ese comentario. Pero tratándose de amigos ─de lo contrario no se lo hubierais regalado─ es lógico pensar que, aunque sea por obligación, todos lo habrán, cuando menos, ojeado. Entonces ¿a qué se debe ese mutismo? La única explicación plausible para mí es que no les ha gustado y no saben qué decir. A nueve de diez no les ha gustado vuestro libro. A un 90% de vuestros lectores no les ha agradado en absoluto lo que habéis escrito. ¿Quién lleva razón? ¿Cuál es la opinión que vale, la del 10% que se ha mostrado a favor o la del 90% que, con su silencio, han mostrado su disconformidad?

Así pues, me hallo en una encrucijada. Me corroe la duda. ¿Debo forzarme a seguir escribiendo contra viento y marea o relajarme y tomarme mi tiempo hasta que recobre la inspiración perdida? ¿Debo repetir la experiencia de publicar una nueva recopilación de relatos o dejarlo correr? Quizá debería aplicarme el eslogan británico Keep calm and carry on y, siguiendo su consejo, tomármelo con calma, seguir escribiendo sin atosigarme y, de paso, probar fortuna dándole un empujoncito a esa novela en ciernes. Por lo tanto, si de ahora en adelante no publico relatos con tanta frecuencia en “Retales de una vida”, no es que esté moribundo (también literariamente hablando), sino simplemente en la “nube” (que no en las nubes), reposando, meditando y buscando la inspiración.

Quizá sea este un bajón temporal, una gripe literaria pasajera, o quizá sea fruto de un perfeccionismo mal entendido, mal practicado o mal digerido, o quizá sea un arrebato de inseguridad. Espero que, al igual que la crisis de los cuarenta, esta, si lo es, también sea breve. Sea lo que sea, el tiempo, ese que todo lo cura, tendrá la palabra. Pero, entretanto, no he podido dejar de plantearme estas interrogaciones retóricas.



jueves, 1 de febrero de 2018

El modelo de las modelos



No sé si, exceptuando a las Top Model, la profesión de modelo de pasarela está muy bien pagado o no. Lo que sí creo es que debe requerir un gran sacrificio a la hora de cumplir con el modelo a seguir. Hay un parámetro invariable, sobre el que no se puede influir, que es la estatura. Se tiene o no se tiene. Tengo entendido que la estatura mínima ronda los 1,70 m y eso no hay quien lo cambie. Pero el peso ya es otro cantar.

Según los estándares mundiales, una mujer debería tener un Índice de Masa Corporal (IMC) ─valor que resulta de dividir el peso en kilogramos por la estatura en metros al cuadrado (Kg/m2)─ de entre 20 y 25. Según el portal Models.com, una chica que desee trabajar en el mundo de la alta costura debe pesar entre 40 y 54 Kg y medir entre 1,75 y 1,82 m. Así pues, en el caso de una modelo de 54 Kg y 1,75 m, el IMC sería de 17,63, muy por debajo del normal. Y este sería el valor máximo dentro de estos rangos de peso y estatura.

Yo creía que la campaña contra las tallas pequeñas había ganado la batalla a las empresas de moda, las que fijan los estándares de estética corporal, y que hacen creer a las jóvenes que el IMC idóneo debe ser inferior a 16, un valor por debajo del cual ya nos situamos en una delgadez extrema.

Según datos recientes, el porcentaje de casos de anorexia en España asciende al 6% y va en aumento (se calcula que un 11,5% de los jóvenes tienen un elevado riesgo de padecerla), afectando ahora también al sexo masculino (aunque sigue siendo minoritario) y ampliándose la franja de edad (hasta ahora era un problema propio de la adolescencia) hasta los 29 años e incluso más. Las redes sociales han resultado ser un foco de incitación a los trastornos alimentarios con mensajes dirigidos principalmente a las jóvenes, aconsejándolas sobre cómo adelgazar e incluso disimular su delgadez ante la familia (usando, por ejemplo, ropa ancha). Por desgracia, en España, a diferencia de otros países europeos, todavía no existe un control riguroso sobre este tipo de mensajes ni legislación que sancione lo que podríamos calificar como apología de la anorexia.

La censura de la incitación a la delgadez provocada se centró hace algún tiempo en las empresas vendedoras de ropa, obligándolas, en algunos casos, a retirar los maniquíes esqueléticos que adornaban sus escaparates y a cumplir con el tallaje correcto (que el número de talla etiquetado se correspondiera con el real), y en los organizadores de las pasarelas de moda, tratando de impedir que las modelos lucieran un aspecto de exagerada delgadez, dando así una imagen distorsionada de la realidad, haciendo creer a los jóvenes que ese era el modelo a seguir para poder lucir esas prendas tan bonitas o llamativas y para estar a la moda.

Si en un principio parecía que estas medidas surtían efecto y se había vuelto a la sensatez y a la “normalidad” estética, hace tan solo unos días vi por televisión unas imágenes de las últimas dos pasarelas de moda que han tenido lugar en nuestro país, la “Madrid Fashion Week” y la “080 Barcelona Fashion”, llamándome poderosamente la atención la delgadez de algunas (no todas) de las modelos que desfilaban. Según ello, parece que hemos vuelto a las andadas.

¿Cuándo se tomarán medidas de control y de sanción ante tan perniciosas muestras de falsa belleza que, tarde o temprano, pueden provocar en los jóvenes ─y no tan jóvenes─ un trastorno alimentario grave con consecuencias, en muchos casos, funestas, si no fatales?


Controlar lo que nuestros hijos ven por internet y lo que se publica en las redes sociales es muy difícil, pero no lo es, en absoluto, inspeccionar y velar por el cumplimiento de las reglas en el mundo de la moda, haciendo que la figura de las modelos se ciña a un modelo considerado fisiológica y estéticamente normal. Del mismo modo que hay criterios de inclusión que deben cumplir las aspirantes a modelo, deben exigirse y respetarse los de exclusión, aquellos que impiden serlo, especialmente en lo referente al Índice de Masa Corporal. Hay que modificar, de una vez por todas, el modelo de las modelos, como un paso más hacia la normalización de la moda y la preservación de la salud pública.


*Imagen: Modelo del pase de Hannibal Laguna, desfilando en la pasarela de Madrid Fashion Week 2018


martes, 23 de enero de 2018

La hipocresía de la legalidad o la legalidad hipócrita


Una gran mayoría de ciudadanos se ha llenado últimamente la boca sobre la obligatoriedad de cumplir la Ley a rajatabla. Estoy totalmente de acuerdo, es la regla del juego democrático, lo cual no significa, como ya he manifestado en alguna otra ocasión, que no haya leyes injustas que necesitan ser cambiadas.

Pero ¿qué fuerza moral tienen los que se excusan y se escudan en la Ley cuando son los primeros en habérsela saltado una y otra vez? ¿Cómo, por ejemplo, un representante de un partido político que se ha financiado ilegalmente y que tiene entre sus filas a cientos de encausados por fraude y expolio del erario público, puede exigir, sin rubor y sin perder con ello toda credibilidad, que otros, generalmente sus adversarios políticos, cumplan la misma Ley a la que todos nos debemos?

Y entre los ciudadanos de a pie que también salen en defensa a ultranza del cumplimiento de la Ley, ¿cuántos cometerán constantemente un fraude fiscal al pagar sus facturas sin IVA? ¿Cuántos se habrán desgravado gastos privados cargándolos a nombre de su empresa? ¿Cuántos habrán intentado, en más de una ocasión, hacer trampa en la declaración de la renta? ¿Cuántos habrá que pagan y/o cobran en negro para ahorrarse cargas fiscales? Y así podría enumerar muchos más delitos tipificados por esa Ley a la que tanto adoran. En definitiva, ¿cuántos serán los que se aplican la famosa máxima que dice “hecha la ley, hecha la trampa”?


Seamos consecuentes y prediquemos con el ejemplo. Como decía no sé quién: o todos moros o todos cristianos.


miércoles, 3 de enero de 2018

Cortesanas modernas



Como casi todas mis entradas en este blog, esta tampoco podía estar exenta de una cierta polémica y espero que nadie me tome por un misógino o un vulgar machista. El tema que hoy me ocupa me ha llamado poderosamente la atención desde que era un chaval, pero entonces callaba por prudencia. Pero es que, además, son muchas las mujeres con las que he compartido mi opinión que han coincidido con mi punto de vista, lo cual, en cierto modo, me tranquiliza.

En más de una ocasión, y de dos, y de tres, durante una reunión familiar o con unos amigos, ha salido el tema de que las mujeres de los jugadores de futbol famosos son, por lo general muy guapas (la expresión realmente utilizada es que están buenísimas), a lo que, invariablemente, todas las representantes femeninas presentes han coincidido, antes de que nadie tuviera tiempo a insinuarlo, en la misma afirmación. “Pues claro ¿no veis que están forrados?”, o algo parecido, acompañando estas palabras con el típico gesto de frotarse las yemas del dedo pulgar e índice de la mano derecha (o la izquierda si son zurdas). Money, money. Y así es. Si no fuera por la pasta, de qué iban a ligar esos tíos con unos pibones como los que vemos en los programas o en las revistas del corazón.

La primera vez que saqué este tema a colación, en plan de broma, ante unas compañeras de trabajo, me sorprendió la naturalidad con que todas ellas, mujeres jóvenes y modernas, justificaron esta situación. Todas, sin excepción, la achacaban a Don Dinero. No la defendieron, todo lo contrario, simplemente la aceptaron como algo habitual. Es decir, que hoy día todavía hay mujeres que por dinero son capaces de entregar su cuerpo (ya sé que suena a una proclama puritana contra un comportamiento pecaminoso, pero es lo que hay) a un hombre a quien no se habrían acercado ni a cien metros de distancia de haber sido un don nadie. Y con el término “don nadie” me refiero a alguien ni rico ni famoso. Pero es que, además, en esta historia, el “don rico” no tiene que ser únicamente futbolista, que conste. Los hay que son actores, cantantes, escritores, hasta chefs. Todos ricos y famosos, eso sí.

Recuerdo que en una de las ocasiones en las que salió este tema a relucir, compararé el comportamiento de esas mujeres a la prostitución de lujo, lo cual causó un cierto alboroto por lo que, a juicio de la mayoría de las féminas, era una exageración.

En el enunciado de esta entrada he utilizado el término “cortesana” como la mujer que ejerce la prostitución “de manera elegante o distinguida” (RAE). Que quede claro que utilizo aquí el concepto de prostitución en un sentido más amplio y laxo del que se usa habitualmente, a una forma de entregarse a alguien o a una causa por dinero. Aun atenuando ese calificativo, las mujeres a las que me refiero son personas que se venden, por así decirlo, o hacen algo que habitualmente no harían, solo por dinero. ¿Acaso no se prostituye quien acepta hacer algo que va en contra de sus principios a cambio de un precio? Las “cortesanas” a las que aludo simplemente se arriman al árbol cuya sombra mejor las cobija y cuyas hojas son cheques en blanco o con muchos ceros.

Cuántos casos no conoceremos de hombres físicamente, e incluso personalmente, desagradables (feos o cabrones, sin andar con tantas finuras) pero millonarios, cuya esposa podía haber sido perfectamente Miss Mundo. Y no hace falta que sean muy feos, con feos y vulgares es más que suficiente si su fortuna asciende a unos cuantos cientos de millones de euros, o de dólares, que para el caso es lo mismo.

Si nos remontamos a los años sesenta del siglo pasado, ¿realmente creéis que Jaqueline Kennedy, de soltera Bouvier, viuda de John F. Kennedy, se enamoró perdidamente de Aristóteles Onassis, el magnate griego más rico y famoso de la época, un hombre no precisamente agraciado y veintitrés años mayor que ella? Quizá sean prejuicios míos y sí que hubo un flechazo, pero más bien creo que la flecha del amor olía a pasta gansa. Pero como yo no estuve en el meollo y no me gustan las habladurías (solo escribir sobre ellas), le concederé a Mrs. Onassis el beneficio de la duda.

Si oteamos el horizonte de los ricos y famosos, podemos hallar muchas relaciones amorosas dudosas en cuanto al verdadero germen que las propició. Y como no puedo citar, por motivos obvios, nombres y apellidos de personas vivas (aunque me gustaría preguntárselo a Melania Trump), dejo que cada cual haga su propia elección de las parejas, porque estas relaciones interesadas siguen y seguirán existiendo hasta el fin de los días, o del dinero. Y ojo, que no niego que en algunos casos bien pudiera ser que la atracción monetaria inicial se transmutara lenta y progresivamente en amor, aunque yo preferiría llamarle cariño. Porque ya se sabe que el roce hace precisamente eso.

Pero es que yo me digo que, si con mi jeta, se me acercara una mujer despampanante, una top model, una Irina Shayk, por poner solo un ejemplo, todo sonrisas y todo simpatía, con caída de ojos y morritos incluidos, me diría “esta viene por mi dinero o se ha equivocado”. Lo segundo sería lo más probable, porque de lo primero no puedo precisamente alardear.  Pero supongamos que estuviera forrado y ello fuera público y notorio. A nadie amarga un dulce y bien podría dejarme querer, caramba, que total solo son dos días y uno ya está a punto de acabar. Pero ello no quita que supiera o adivinara sus intenciones, que no serían otras que estar conmigo por interés y ello le quitaría todo el encanto a esa relación. Perdonad que insista en el símil, pero ¿acaso porque una prostituta de lujo use sus mejores y más refinadas artes amatorias para llevarme hasta el éxtasis llegaré a sentir por ella algo más que no sea atracción sexual? Para un hombre solo, una chica de compañía, una escort o call girl puede llenarle una velada, un vacío momentáneo, hacerle pasar un rato agradable, pero otra cosa es casarse con ella. Pero, claro, cada hombre es un mundo.

Yo sigo pensando, sin embargo, ¿cómo puede haber hombres que, conociendo el percal, caigan en las redes de unas vividoras? En una fiesta con sexo, drogas y rock & roll puedo entender que haya quien caiga en brazos de una chica escultural que solo busca atrapar a un rico y famoso, pero en la vida real no es lo mismo. Cada uno es muy libre de elegir la vida que quiere llevar y con quién quiere llevarla. Al igual que el sadomasoquismo es un juego en el que los dos jugadores están de acuerdo con las reglas y disfrutan con su papel, en el juego de “el rico y la cortesana” que cada uno haga lo que le apetezca si con ello no hace daño a nadie. Pero, qué queréis que os diga, ambos juegos me resultan inauditos.

Viva la vida, viva el dinero y viva el amor. Y la salud que no falte.


Feliz Año Nuevo.


viernes, 22 de diciembre de 2017

Mudanzas a la fuerza



Desde hace un tiempo, Barcelona, al igual que, supongo, otras grandes ciudades españolas, se ha convertido en una caja de bombones para las empresas inmobiliarias y grupos de inversión extranjeros. Aquellas y estos se dedican a comprar, a un coste razonable para ellas y ellos, bloques de edificios antiguos en zonas que hasta hace poco no tenían ningún interés o atractivo, y que, en los últimos años, gracias a las reformas urbanísticas y a la modernización de algunos barrios, han acabado siendo un reclamo para gente de alto nivel adquisitivo.

Una vez esas empresas se han hecho con la propiedad, solo les queda, antes de limpiarle la cara y restaurarla por fuera y por dentro, ir desalojando a sus inquilinos. A unos, los menos, les ofrecen una compensación económica para que se muden a otra parte, y a otros, los más, los que no quieren volar a otro nido, les van echando a la calle a medida que vencen sus contratos, que, por supuesto, se niegan a renovarles ni siquiera con un incremento en el precio del alquiler. Simplemente quieren que desaparezcan del mapa y no entorpezcan sus planes. Molestan y punto.

De este modo, los pisos desalojados a las buenas o a las malas, los convierten en pisos “con encanto” en lo que antes era una zona deprimida y ahora se considera privilegiada, por su cercanía al mar, al puerto olímpico, al nuevo centro de negocios, por su especial ubicación en zonas revitalizadas del casco antiguo, en barrios emblemáticos o que, simplemente, se han puesto de moda. Así, la vieja zona del Poble Nou (Pueblo Nuevo), con sus casas y naves industriales de los años cincuenta y sesenta, sustituidas por modernos edificios de vivienda y oficinas, es ahora una zona muy cotizada. Los alrededores de la plaza de Las Glorias, con su emblemática “torre Agbar”, rebautizada como la ”torre Glòries”  (aunque para el pueblo llano sigue y seguirá siendo el pirulí, el supositorio o un símbolo fálico), la zona de “Diagonal Mar” y “22@”, con sus modernos y acristalados edificios de estética singular, van ocupando un espacio cada vez mayor donde antes no había nada “de valor”. Y, entre tanta modernidad, los renovados edificios “clásicos” de menos de 80 m2 que valen ahora un pastón. En el distrito de Gracia, por ejemplo, ─el más pequeño pero el segundo en densidad demográfica de la ciudad y uno de los más interesantes culturalmente hablando─ o en el barrio del Born ─con su glamour entre bohemio y progre─, han proliferado los pisos remozados, de compra y de alquiler, a unos precios exorbitados. Por no hablar de los llamados pisos turísticos, culpables del auge de los precios de los alquileres hasta niveles escandalosos. Y a pesar de los pesares, la demanda se mantiene o incluso sigue aumentando.

Se le ha lavado la cara a una parte importante de la ciudad, pero ¿dónde va a ir a vivir toda esa gente que, hasta hace poco, ocupaba sus modestas y feas viviendas? El éxodo forzado les llevará a otras zonas tanto o más deprimidas de lo que fueron las suyas, pero más adecuadas a su modestísima economía. De seguir así se formará una especie de ghetto para los que pertenecen a la llamada clase obrera, gente humilde que no puede quedar a la vista porque afea la flor y nata de una ciudad que, según la consultora estadounidense Resonance, ocupa el octavo lugar en el ranking de las mejores ciudades del mundo.

Habrá que esperar a ver cómo se desarrollan los acontecimientos, wait and see, como dicen los que presumen de saber inglés, pero por mucha oposición ciudadana y del propio Ayuntamiento ante ese expolio de hogares, mucho me temo que la suerte está echada y no hay vuelta atrás. A menos a corto plazo. Sería paradójico que lo que no han conseguido los activistas, las asociaciones de vecinos y la ciudadanía de base en general, lo lograra una recesión a la que la Ciudad Condal se viera abocada como resultado de la incertidumbre político-económica que estamos sufriendo actualmente en Cataluña. Menudo consuelo.



martes, 12 de diciembre de 2017

¿Naturismo u oportunismo?


Haber trabajado casi treinta y seis años en la industria farmacéutica puede hacer pensar a más de uno que mi opinión acerca de los tratamientos naturales está sesgada en su contra y a favor de los medicamentos de síntesis o, como se les denomina en algunos medios, “químicos”, del inglés “chemicals”, definiéndolos, involuntaria o interesadamente, como algo antinatural, utilizando esa nomenclatura foránea.

Mi cometido en las distintas empresas farmacéuticas en las que he trabajado podría afianzar todavía más esta presunción de parcialidad, pues fui en todas ellas el responsable de obtener, de las autoridades sanitarias, las autorizaciones de comercialización de nuevos fármacos. Nunca tuve intereses económicos en ninguna de ellas, mi único vínculo fue estrictamente técnico y científico, intentando desempeñar mi trabajo con la mayor entrega y competencia posibles, jamás fui testigo de una conducta inmoral, y por muchas presiones que recibía para obtener con la mayor celeridad aquellas autorizaciones, jamás falté a la ética profesional. Lo contrario hubiera sido un suicidio personal y lastimar gravemente la imagen de la empresa a la que representaba. Con ello no quiero erigirme en un defensor a ultranza de las multinacionales farmacéuticas, pues son muchos los casos de actividades fraudulentas. Quizá solo tuve suerte al haber recalado en las que la transparencia y la ética formaban parte de su ideario empresarial o bien mi ingenuidad y/o mi ignorancia no me dejaron ver lo aparentemente invisible. Lo que sí puedo afirmar con rotundidad es que, si en alguna de ellas se cruzó el límite de la ética, no fue en mi área de trabajo y responsabilidad.

Dicho esto, añadiré que, trabajando más de diez años en una farmacéutica alemana, tuve ocasión de adentrarme en el campo de la Fitoterapia (tratamiento a base de plantas, que en Alemania sigue teniendo un gran predicamento), por lo que creo estar facultado para exponer, de la forma más sencilla y didáctica posible, mi opinión acerca de este tipo de enfoque terapéutico.

El objeto principal de esta entrada es, en realidad, alertar sobre la desinformación interesada que suele revolotear alrededor de los promotores de las terapias alternativas naturales, pero, dado que ello daría para muchas horas, solo me centraré en lo que considero la información más relevante que todo el mundo debería tener. No pretendo decir con ello que los laboratorios farmacéuticos no actúen también desvirtuando o exagerando, a su favor, los beneficios de un determinado medicamento, solo pretendo advertir de que en “ambos lados”, se puede jugar sucio.

Para aclarar la diferenciación entre lo que conocemos como medicamentos y los productos a base de plantas, hay que saber que muchos de los medicamentos que se dispensan en una oficina de farmacia, con receta médica o sin ella, proceden o se fabrican a base de extractos vegetales, por lo que esa pretendida diferenciación, e incluso antagonismo, entre natural y químico es, en muchos casos, falsa o artificiosa. La aspirina, o ácido acetilsalicílico, por poner uno de los ejemplos más conocidos, procede del ácido salicílico, un polvo obtenido de la corteza del sauce blanco (Salix alba), que ya en el siglo XVIII (aunque hay indicios de que en el antiguo Egipto ya se usaban plantas ricas en salicilatos con fines curativos) se utilizaba para tratar la fiebre y el dolor. Pero no fue hasta 1897 cuando Felix Hoffman, un farmacéutico de los laboratorios Bayer, modificó la molécula del ácido salicílico para obtener un derivado menos irritativo, más puro y con un mayor efecto terapéutico, el ácido acetilsalicílico, al que bautizarían con el nombre de Aspirina.

Pues bien, al igual que la aspirina, son muchos los medicamentos que contienen o proceden de productos naturales vegetales para el tratamiento de muy diversas patologías. Todavía hoy en día se sigue investigando la utilidad terapéutica de productos de origen natural (el mar está resultando ser una fuente de sustancias potencialmente terapéuticas). Es bien conocida, por ejemplo, la utilidad del cannabis (marihuana) y de su principal principio activo, el tetrahidrocannabinol, como antiemético en quimioterapia y como analgésico en procesos oncológicos y en la esclerosis múltiple, y se sigue investigando su empleo en otras indicaciones clínicas. Y donde no llegan los productos naturales de origen vegetal, lo hacen los fármacos de síntesis. Insisto, pues, que las terapias a base de productos exclusivamente naturales no tienen por qué estar reñidas con las de productos puramente sintéticos.

Lo más importante a tener en cuenta, para no caer en la trampa de los vendedores de humo, es que el concepto “natural” no equivale en absoluto a “inocuo”, puesto que todas las plantas medicinales y sus extractos producen, como cualquier medicamento, reacciones adversas, los conocidos efectos secundarios. Hay plantas y extractos de plantas con reconocida y elevada toxicidad, llegando, incluso, a ser mortales. Todo es cuestión de dosis, de la parte de la planta que se utilice y del modo de empleo.

La diferencia fundamental entre beber una infusión de una parte troceada o pulverizada de una droga (la parte de la planta donde se halla la sustancia medicamentosa) y tomarse un comprimido fabricado industrialmente que contiene esa misma sustancia, es que, en este último caso, dicha sustancia, conocida como principio activo, está aislada, purificada y convenientemente dosificada. En la hoja, el fruto, el tallo o la raíz de una planta medicinal, en cambio, coexisten multitud de sustancias, no solo la/s que posee/n el efecto terapéutico, y algunas de ellas pueden y suelen tener efectos indeseables.

Aun aceptándose científicamente la existencia de plantas medicinales “de uso bien establecido” (traducción literal del término inglés well established use) o tradicional, en muchas de ellas se desconoce el contenido en principios activos o bien cuál de ellos es el responsable de la actividad curativa. En estos casos, son las autoridades sanitarias quienes dictaminan su seguridad de empleo, pero nunca debemos fiarnos de las recomendaciones de uso que les atribuye unilateralmente un vendedor, algo cada vez más frecuente en internet.

Es realmente alarmante la continua aparición de voces contrarias a la medicina convencional, detractores del empleo de medicamentos perfectamente estudiados en ensayos clínicos que siguen los más estrictos protocolos científicos, en pro de un enfoque estrictamente naturalista y anti-farmacológico (el movimiento o colectivo anti-vacunación es un claro y el más pernicioso exponente de ello). Incluso hay quien afirma, de viva voz o en publicaciones, que los medicamentos matan. Por desgracia, todos los medicamentos pueden producir efectos adversos, pero ello no significa que todos los que se enuncian en su prospecto vayan a manifestarse. Es solo una probabilidad estadística a partir de los estudios clínicos previamente realizados. Todavía no existe el medicamento ideal, el medicamento “inteligente”, el que solo actúa en la célula, órgano, aparato o sistema diana. En todo tratamiento médico, ya sea quirúrgico o medicamentoso, hay que tener en cuenta el balance beneficio/riesgo. Muchos de nosotros habremos firmado alguna vez lo que se conoce como “consentimiento informado”, esa hoja informativa en la que se nos hace saber los riesgos de la prueba o del acto quirúrgico al que vamos a ser sometidos. No por ello rechazamos de plano una resonancia magnética o una colecistectomía (extirpación de la vesícula biliar), aunque somos libres de hacerlo.

Para mí, que un medicamento pueda producir o produzca una determinada reacción adversa no justifica en absoluto su consideración de veneno, como algunos afirman, esos mismos que arriesgan la vida de sus bebés al no aceptar que sean vacunados inoculándoles un “producto extraño” que ha salvado millones de vidas, o los que abogan por el uso de los “productos milagro”, esos “cúralo-todo” que no tienen porqué ser inocuos, que no son la panacea y que no siempre son baratos, moviendo al año millones de euros.

Que la estevia es un potente edulcorante sustituto del azúcar y, por lo tanto, idóneo para las personas hiperglucémicas (con elevados niveles de azúcar en la sangre), incluyendo a las diabéticas, no hay ninguna duda. Pero de ahí a atribuirle propiedades antifúngicas, bactericidas, diuréticas, antiácidas, dispépticas, facilitadoras de la absorción de las grasas, antigripales y cicatrizantes, hay un abismo, propiedades todas ellas sin ninguna base clínica, a pesar de lo que afirman sus acérrimos defensores, a la vez productores y comercializadores de este producto edulcorante. No me extrañaría que, dentro de poco, se le atribuyera también propiedades anticancerígenas, como la de otros muchos brebajes, batidos y preparados a base de productos naturales que se anuncian por doquier.

Que existe un problema sanitario grave de sobreuso de medicamentos e incluso de empleo de medicamentos innecesarios, es una triste realidad y un tema muy complejo que no pretendo abordar aquí, pero no caigamos en la trampa de abandonar o sustituir un tratamiento farmacológico eficaz, contrastado e internacionalmente aceptado, por un producto que, por muy natural que sea, no ha demostrado fehacientemente sus propiedades curativas.

La fitoterapia es un arma terapéutica útil y reconocida. La Comisión Europea publica y actualiza constantemente monografías de plantas y extractos vegetales en las que determina sus indicaciones terapéuticas y condiciones de uso. Desconfiemos de quienes proclaman nuevos usos medicinales para productos naturales conocidos o usos medicinales para productos naturales desconocidos sin que hayan evidencias científicas de su utilidad. Y desconfiemos también de los vendedores ambulantes (la venta ambulante de plantas medicinales a granel está prohibida). Posiblemente no nos hagan daño; en el mejor de los casos no nos harán ningún efecto, pero no deja de ser un fraude.

Los defensores a ultranza de la fitoterapia, como sustitutiva de los medicamentos convencionales, basan su inocuidad en la baja tasa de efectos secundarios. Aunque, insisto, las plantas medicinales no están exentas de efectos indeseables, esa aparente inocuidad que muchos les atribuyen se debe a que las dosis utilizadas son muy bajas. Ya dije que todo es cuestión de dosis (hasta el producto más inocuo puede ser mortal a dosis excesivas). Pero ello también se traduce en un menor efecto terapéutico. Estas dosis bajas de la sustancia activa, va lógicamente acompañada de bajas dosis de las otras sustancias que la acompañan, que suelen ser las causantes de los efectos más indeseables. En otras palabras, para que una infusión a base de hojas troceadas de una planta (la droga) ejerza el mismo efecto terapéutico que un comprimido conteniendo la dosis efectiva de la sustancia medicinal aislada y purificada, deberían utilizarse dosis mucho más altas de esa droga, de modo que la probabilidad de sufrir efectos adversos sería mucho mayor, y de mayor envergadura, por contener cantidades más elevadas de las sustancias terapéuticamente inactivas que contiene.

¿Cuál es, pues, el papel de la fitoterapia? Los tratados y las asociaciones internacionales de fitoterapia coinciden en señalar que esta va fundamentalmente dirigida al tratamiento de la sintomatología de afecciones leves, como sería el nervosismo (no la ansiedad), la dispepsia (digestión pesada) y otros trastornos digestivos leves, el estreñimiento, la tos irritativa, faringitis, hipertensión, hiperglucemia e hipercolesterolemia moderadas y un largo etcétera, situaciones estas que no requieren un diagnóstico ni un control médico, y que, al igual de lo que ocurre con los medicamentos que no precisan receta médica, forman parte del arsenal terapéutico para el “autocuidado de la salud”, donde la fitoterapia es suficientemente efectiva y con un balance beneficio-riesgo aceptable.

Si la medicina tradicional es, muchas veces, un negocio, no lo es menos la medicina alternativa. Lo realmente importante es que, para hacer frente a una determinada enfermedad, sepamos ponernos en manos de un personal sanitario debidamente cualificado y someternos a un tratamiento científicamente contrastado. Huyamos de las falsas promesas y de los productos milagro.

Para terminar. y aunque me aparte un poco del tema que me ocupa pero al hilo de lo que considero falsas promesas, quisiera hacer una somera mención a lo que se conoce como “complementos alimenticios” (conocidos como food supplements en otros países), un gran negocio al que se han sumado las farmacéuticas, sobre todo las que desean compensar los perjuicios económicos de la desfinanciación de algunos de sus medicamentos. Así pues, ya sean comercializadores exclusivos de complementos alimenticios o laboratorios farmacéuticos, se está, a mi juicio, incitando a un consumo desmedido e injustificado de sustancias (antioxidantes, depurativos, vitaminas, minerales, sustancias alimenticias varias y, más recientemente, plantas medicinales) que una dieta sana y variada, como la mediterránea, las hace innecesarias. Lo realmente preocupante, en este caso, no es solo su toxicidad per se (una hipervitaminosis puede tener consecuencias graves), sino la aparición de efectos adversos por alguna contraindicación (condición física que no haga recomendable su empleo) o una interacción con otra/s sustancia/s que se esté/n ingiriendo por otra vía.


“Somos lo que comemos”, dijo Ludwig Feuerbach (1804-1872), y “Que tu medicina sea tu alimento, y el alimento tu medicina”, afirmó, muchos siglos antes, Hipócrates. Pero esta ya sería otra historia.