martes, 12 de diciembre de 2017

¿Naturismo u oportunismo?


Haber trabajado casi treinta y seis años en la industria farmacéutica puede hacer pensar a más de uno que mi opinión acerca de los tratamientos naturales está sesgada en su contra y a favor de los medicamentos de síntesis o, como se les denomina en algunos medios, “químicos”, del inglés “chemicals”, definiéndolos, involuntaria o interesadamente, como algo antinatural, utilizando esa nomenclatura foránea.

Mi cometido en las distintas empresas farmacéuticas en las que he trabajado podría afianzar todavía más esta presunción de parcialidad, pues fui en todas ellas el responsable de obtener, de las autoridades sanitarias, las autorizaciones de comercialización de nuevos fármacos. Nunca tuve intereses económicos en ninguna de ellas, mi único vínculo fue estrictamente técnico y científico, intentando desempeñar mi trabajo con la mayor entrega y competencia posibles, jamás fui testigo de una conducta inmoral, y por muchas presiones que recibía para obtener con la mayor celeridad aquellas autorizaciones, jamás falté a la ética profesional. Lo contrario hubiera sido un suicidio personal y lastimar gravemente la imagen de la empresa a la que representaba. Con ello no quiero erigirme en un defensor a ultranza de las multinacionales farmacéuticas, pues son muchos los casos de actividades fraudulentas. Quizá solo tuve suerte al haber recalado en las que la transparencia y la ética formaban parte de su ideario empresarial o bien mi ingenuidad y/o mi ignorancia no me dejaron ver lo aparentemente invisible. Lo que sí puedo afirmar con rotundidad es que, si en alguna de ellas se cruzó el límite de la ética, no fue en mi área de trabajo y responsabilidad.

Dicho esto, añadiré que, trabajando más de diez años en una farmacéutica alemana, tuve ocasión de adentrarme en el campo de la Fitoterapia (tratamiento a base de plantas, que en Alemania sigue teniendo un gran predicamento), por lo que creo estar facultado para exponer, de la forma más sencilla y didáctica posible, mi opinión acerca de este tipo de enfoque terapéutico.

El objeto principal de esta entrada es, en realidad, alertar sobre la desinformación interesada que suele revolotear alrededor de los promotores de las terapias alternativas naturales, pero, dado que ello daría para muchas horas, solo me centraré en lo que considero la información más relevante que todo el mundo debería tener. No pretendo decir con ello que los laboratorios farmacéuticos no actúen también desvirtuando o exagerando, a su favor, los beneficios de un determinado medicamento, solo pretendo advertir de que en “ambos lados”, se puede jugar sucio.

Para aclarar la diferenciación entre lo que conocemos como medicamentos y los productos a base de plantas, hay que saber que muchos de los medicamentos que se dispensan en una oficina de farmacia, con receta médica o sin ella, proceden o se fabrican a base de extractos vegetales, por lo que esa pretendida diferenciación, e incluso antagonismo, entre natural y químico es, en muchos casos, falsa o artificiosa. La aspirina, o ácido acetilsalicílico, por poner uno de los ejemplos más conocidos, procede del ácido salicílico, un polvo obtenido de la corteza del sauce blanco (Salix alba), que ya en el siglo XVIII (aunque hay indicios de que en el antiguo Egipto ya se usaban plantas ricas en salicilatos con fines curativos) se utilizaba para tratar la fiebre y el dolor. Pero no fue hasta 1897 cuando Felix Hoffman, un farmacéutico de los laboratorios Bayer, modificó la molécula del ácido salicílico para obtener un derivado menos irritativo, más puro y con un mayor efecto terapéutico, el ácido acetilsalicílico, al que bautizarían con el nombre de Aspirina.

Pues bien, al igual que la aspirina, son muchos los medicamentos que contienen o proceden de productos naturales vegetales para el tratamiento de muy diversas patologías. Todavía hoy en día se sigue investigando la utilidad terapéutica de productos de origen natural (el mar está resultando ser una fuente de sustancias potencialmente terapéuticas). Es bien conocida, por ejemplo, la utilidad del cannabis (marihuana) y de su principal principio activo, el tetrahidrocannabinol, como antiemético en quimioterapia y como analgésico en procesos oncológicos y en la esclerosis múltiple, y se sigue investigando su empleo en otras indicaciones clínicas. Y donde no llegan los productos naturales de origen vegetal, lo hacen los fármacos de síntesis. Insisto, pues, que las terapias a base de productos exclusivamente naturales no tienen por qué estar reñidas con las de productos puramente sintéticos.

Lo más importante a tener en cuenta, para no caer en la trampa de los vendedores de humo, es que el concepto “natural” no equivale en absoluto a “inocuo”, puesto que todas las plantas medicinales y sus extractos producen, como cualquier medicamento, reacciones adversas, los conocidos efectos secundarios. Hay plantas y extractos de plantas con reconocida y elevada toxicidad, llegando, incluso, a ser mortales. Todo es cuestión de dosis, de la parte de la planta que se utilice y del modo de empleo.

La diferencia fundamental entre beber una infusión de una parte troceada o pulverizada de una droga (la parte de la planta donde se halla la sustancia medicamentosa) y tomarse un comprimido fabricado industrialmente que contiene esa misma sustancia, es que, en este último caso, dicha sustancia, conocida como principio activo, está aislada, purificada y convenientemente dosificada. En la hoja, el fruto, el tallo o la raíz de una planta medicinal, en cambio, coexisten multitud de sustancias, no solo la/s que posee/n el efecto terapéutico, y algunas de ellas pueden y suelen tener efectos indeseables.

Aun aceptándose científicamente la existencia de plantas medicinales “de uso bien establecido” (traducción literal del término inglés well established use) o tradicional, en muchas de ellas se desconoce el contenido en principios activos o bien cuál de ellos es el responsable de la actividad curativa. En estos casos, son las autoridades sanitarias quienes dictaminan su seguridad de empleo, pero nunca debemos fiarnos de las recomendaciones de uso que les atribuye unilateralmente un vendedor, algo cada vez más frecuente en internet.

Es realmente alarmante la continua aparición de voces contrarias a la medicina convencional, detractores del empleo de medicamentos perfectamente estudiados en ensayos clínicos que siguen los más estrictos protocolos científicos, en pro de un enfoque estrictamente naturalista y anti-farmacológico (el movimiento o colectivo anti-vacunación es un claro y el más pernicioso exponente de ello). Incluso hay quien afirma, de viva voz o en publicaciones, que los medicamentos matan. Por desgracia, todos los medicamentos pueden producir efectos adversos, pero ello no significa que todos los que se enuncian en su prospecto vayan a manifestarse. Es solo una probabilidad estadística a partir de los estudios clínicos previamente realizados. Todavía no existe el medicamento ideal, el medicamento “inteligente”, el que solo actúa en la célula, órgano, aparato o sistema diana. En todo tratamiento médico, ya sea quirúrgico o medicamentoso, hay que tener en cuenta el balance beneficio/riesgo. Muchos de nosotros habremos firmado alguna vez lo que se conoce como “consentimiento informado”, esa hoja informativa en la que se nos hace saber los riesgos de la prueba o del acto quirúrgico al que vamos a ser sometidos. No por ello rechazamos de plano una resonancia magnética o una colecistectomía (extirpación de la vesícula biliar), aunque somos libres de hacerlo.

Para mí, que un medicamento pueda producir o produzca una determinada reacción adversa no justifica en absoluto su consideración de veneno, como algunos afirman, esos mismos que arriesgan la vida de sus bebés al no aceptar que sean vacunados inoculándoles un “producto extraño” que ha salvado millones de vidas, o los que abogan por el uso de los “productos milagro”, esos “cúralo-todo” que no tienen porqué ser inocuos, que no son la panacea y que no siempre son baratos, moviendo al año millones de euros.

Que la estevia es un potente edulcorante sustituto del azúcar y, por lo tanto, idóneo para las personas hiperglucémicas (con elevados niveles de azúcar en la sangre), incluyendo a las diabéticas, no hay ninguna duda. Pero de ahí a atribuirle propiedades antifúngicas, bactericidas, diuréticas, antiácidas, dispépticas, facilitadoras de la absorción de las grasas, antigripales y cicatrizantes, hay un abismo, propiedades todas ellas sin ninguna base clínica, a pesar de lo que afirman sus acérrimos defensores, a la vez productores y comercializadores de este producto edulcorante. No me extrañaría que, dentro de poco, se le atribuyera también propiedades anticancerígenas, como la de otros muchos brebajes, batidos y preparados a base de productos naturales que se anuncian por doquier.

Que existe un problema sanitario grave de sobreuso de medicamentos e incluso de empleo de medicamentos innecesarios, es una triste realidad y un tema muy complejo que no pretendo abordar aquí, pero no caigamos en la trampa de abandonar o sustituir un tratamiento farmacológico eficaz, contrastado e internacionalmente aceptado, por un producto que, por muy natural que sea, no ha demostrado fehacientemente sus propiedades curativas.

La fitoterapia es un arma terapéutica útil y reconocida. La Comisión Europea publica y actualiza constantemente monografías de plantas y extractos vegetales en las que determina sus indicaciones terapéuticas y condiciones de uso. Desconfiemos de quienes proclaman nuevos usos medicinales para productos naturales conocidos o usos medicinales para productos naturales desconocidos sin que hayan evidencias científicas de su utilidad. Y desconfiemos también de los vendedores ambulantes (la venta ambulante de plantas medicinales a granel está prohibida). Posiblemente no nos hagan daño; en el mejor de los casos no nos harán ningún efecto, pero no deja de ser un fraude.

Los defensores a ultranza de la fitoterapia, como sustitutiva de los medicamentos convencionales, basan su inocuidad en la baja tasa de efectos secundarios. Aunque, insisto, las plantas medicinales no están exentas de efectos indeseables, esa aparente inocuidad que muchos les atribuyen se debe a que las dosis utilizadas son muy bajas. Ya dije que todo es cuestión de dosis (hasta el producto más inocuo puede ser mortal a dosis excesivas). Pero ello también se traduce en un menor efecto terapéutico. Estas dosis bajas de la sustancia activa, va lógicamente acompañada de bajas dosis de las otras sustancias que la acompañan, que suelen ser las causantes de los efectos más indeseables. En otras palabras, para que una infusión a base de hojas troceadas de una planta (la droga) ejerza el mismo efecto terapéutico que un comprimido conteniendo la dosis efectiva de la sustancia medicinal aislada y purificada, deberían utilizarse dosis mucho más altas de esa droga, de modo que la probabilidad de sufrir efectos adversos sería mucho mayor, y de mayor envergadura, por contener cantidades más elevadas de las sustancias terapéuticamente inactivas que contiene.

¿Cuál es, pues, el papel de la fitoterapia? Los tratados y las asociaciones internacionales de fitoterapia coinciden en señalar que esta va fundamentalmente dirigida al tratamiento de la sintomatología de afecciones leves, como sería el nervosismo (no la ansiedad), la dispepsia (digestión pesada) y otros trastornos digestivos leves, el estreñimiento, la tos irritativa, faringitis, hipertensión, hiperglucemia e hipercolesterolemia moderadas y un largo etcétera, situaciones estas que no requieren un diagnóstico ni un control médico, y que, al igual de lo que ocurre con los medicamentos que no precisan receta médica, forman parte del arsenal terapéutico para el “autocuidado de la salud”, donde la fitoterapia es suficientemente efectiva y con un balance beneficio-riesgo aceptable.

Si la medicina tradicional es, muchas veces, un negocio, no lo es menos la medicina alternativa. Lo realmente importante es que, para hacer frente a una determinada enfermedad, sepamos ponernos en manos de un personal sanitario debidamente cualificado y someternos a un tratamiento científicamente contrastado. Huyamos de las falsas promesas y de los productos milagro.

Para terminar. y aunque me aparte un poco del tema que me ocupa pero al hilo de lo que considero falsas promesas, quisiera hacer una somera mención a lo que se conoce como “complementos alimenticios” (conocidos como food supplements en otros países), un gran negocio al que se han sumado las farmacéuticas, sobre todo las que desean compensar los perjuicios económicos de la desfinanciación de algunos de sus medicamentos. Así pues, ya sean comercializadores exclusivos de complementos alimenticios o laboratorios farmacéuticos, se está, a mi juicio, incitando a un consumo desmedido e injustificado de sustancias (antioxidantes, depurativos, vitaminas, minerales, sustancias alimenticias varias y, más recientemente, plantas medicinales) que una dieta sana y variada, como la mediterránea, las hace innecesarias. Lo realmente preocupante, en este caso, no es solo su toxicidad per se (una hipervitaminosis puede tener consecuencias graves), sino la aparición de efectos adversos por alguna contraindicación (condición física que no haga recomendable su empleo) o una interacción con otra/s sustancia/s que se esté/n ingiriendo por otra vía.


“Somos lo que comemos”, dijo Ludwig Feuerbach (1804-1872), y “Que tu medicina sea tu alimento, y el alimento tu medicina”, afirmó, muchos siglos antes, Hipócrates. Pero esta ya sería otra historia.


viernes, 1 de diciembre de 2017

Fe, fanatismo o superstición



Casi siempre que hago una entrada en este blog, pienso si lo que voy a expresar molestará a alguien, y cuando lo acabo de publicar esta duda se hace mucho más patente, temiendo haber herido alguna que otra susceptibilidad.

La entrada de hoy no está exenta de esa sensación. Podría haber empezado con una advertencia al estilo de lo que se dice en televisión, cuando se indica que “las imágenes que van a ver pueden herir la sensibilidad del espectador”, aunque, en este caso, en lugar de imágenes (si prescindimos de la de la cabecera) son palabras.

Si la política siempre ha sido un asunto muy polémico (especialmente en los momentos que vivimos y sufrimos), la religión, el tema que aquí y hoy me ocupa, no está exenta de controversia. Por tal motivo procuraré no ser demasiado osado, irreverente u ofensivo al tratar la pregunta que me hago y me he hecho en multitud de ocasiones: ¿hasta qué punto algunas manifestaciones religiosas no son más que el fruto del fanatismo o de la superstición? Espero, pues, no herir la sensibilidad de ninguno de mis lectores, aunque, claro está, la sensibilidad es como el DNI: personal e intransferible.

Que conste que no soy un anticlerical. Crecí en el seno de una familia católica, apostólica y romana, me educaron en la religión católica y estudié desde los seis hasta los diecisiete años en un colegio religioso, del que guardo, por cierto, bastantes buenos recuerdos.

Sé que lo antedicho no es ninguna garantía de religiosidad, pues son muchos los estudiantes de colegios de curas y de monjas que han renegado de la fe católica y han acabado practicando un ateísmo radical. No es mi caso. Yo me definiría más bien como un agnóstico que siente un profundo respeto por las creencias y prácticas ajenas de cualquier religión que predique y practique el respeto al prójimo sin distinción de credos, razas y sexos.

Dicho esto, y una vez proclamada mi educación cristiana de la que no reniego, pues ha conformado mi forma de ser, de pensar y de respetar a los demás, considero que por muy creyente y practicante que uno pueda ser, ello no tiene por qué estar reñido con la autocrítica. Un ferviente católico puede perfectamente considerar inadecuadas algunas manifestaciones, declaraciones y conductas de los representantes de la Iglesia, del mismo modo que puede criticar algunas de las manifestaciones y costumbres populares centenarias que más bien parecen pertenecer al folclore popular que a la auténtica religión, con la connivencia del clero, que, de un modo u otro, se beneficia de ello.

Dadas las enseñanzas de religión católica que recibí en mi niñez y primera adolescencia, creo sentirme suficientemente capacitado para distinguir lo estrictamente religioso de lo supersticioso y, casi diría, pagano, por incultura e ignorancia.

Si todas las personas fervientemente religiosas supieran lo que son las advocaciones marianas, no le disputarían a una determinada Virgen el privilegio de ser la más guapa, la más milagrosa o la más importante entre todas las incontables Vírgenes, o “virgencitas”, del mundo. A fin de cuentas, solo se trata de utilizar distintos nombres en función del supuesto lugar de la aparición que se le atribuye (de Fátima, de Lourdes, del Pilar…) o de distintos hechos (de la Soledad, de la Concepción, de los Dolores…). Algo parecido ocurre con las veneraciones a distintos nombres e imágenes de Jesucristo. Cuántas veces no habré oído eso de “es que yo soy muy devota de la Virgen de los Desamparados”, o “tengo mucha fe en el Cristo de Lepanto”, por ejemplo.  Y aunque me resulte igualmente pintoresco, puedo entender, en cambio, que haya gente que, a la hora de encomendarse a un santo, tenga predilección por el que, a su juicio, es el más milagrero. ¿Fe o superstición?

¿Por qué, pues, esa preferencia por una u otra imagen? ¿Por qué la gente entra en esa histeria colectiva ante la imagen de una Virgen portada y paseada a hombros? Al ver esas imágenes, para mí tan impactantes, de fervor popular llevado al éxtasis, siempre me he preguntado ¿cuántas de esas personas que se pelean por tocar la imagen o llevar en volandas a un crío de corta edad, atemorizado y llorando, para que toque el manto de la Virgen, pisa una iglesia a lo largo del año para una celebración que no sea un bautizo, una boda o un funeral? Si son realmente creyentes, ¿por qué actúan más bien como posesos? ¿Acaso no saben que una imagen no es más que una representación tallada en madera o escayola y que, según la Iglesia, su veneración lleva el nombre de idolatría? Podrá ser una obra del arte barroco, salida del taller del mismísimo Salzillo, pero no deja de ser solo eso: una imagen, más merecedora de ser contemplada en un museo que venerada en la calle.

Más aún. ¿Cómo es posible que se invierta una cantidad desorbitada de dinero (aunque sean donativos) para embellecer una imagen, por muy digna de culto y respeto que sea, con vestimentas lujosamente ornamentadas con bordados de oro y piedras preciosas? ¿Por qué lo permite la Iglesia? Mucho me temo que si objetara tal desatino, los propios representantes de esa Iglesia serían objeto de la furia y fanatismo popular. Así que es mejor seguirles la corriente y todos contentos.

Las tradicionales procesiones de Semana Santa son una manifestación religiosa que forma parte del imaginario popular y cultural, con un arraigo extraordinario y, en según qué localidades españolas, representan, no solo la religiosidad del pueblo, sino que también podría considerarse lo que ahora se denomina patrimonio inmaterial de la humanidad. Forman parte de la escenificación religiosa y no habría Semana Santa sin los pasos en las calles y las saetas en los balcones. Pero lo que más me desagrada es la condición de espectáculo de masas que, por lo general, se le da a esa exhibición pública.

Como anécdota ejemplarizante, recuerdo que durante mi último periodo de las milicias universitarias como alférez en Jerez de la Frontera, en la Semana Santa de 1975, tuve que desfilar en uno de los pasos de la cofradía a la que pertenecía mi Regimiento. Yo iba, como oficial, al frente de mi Compañía, con el sable descansando en el hombro derecho, desfilando a paso lento y al compás de la marcha militar propia para la ocasión. Pues bien, parecía que, en lugar de una ceremonia religiosa, se estuviera representando una obra de teatro al aire libre: la gente sentada a ambos lados de la calle, comiendo pipas y todo tipo de golosinas, mientras los vendedores ambulantes cruzaban la procesión, pertrechados con una bandeja sujeta a la cintura, en la que llevaban la mercancía, y gritando “pipas, cacahuetes…”. Un crío me señaló, emocionado, diciendo a su madre “mira mamá, un cadete. Ello me hizo sonreír, pero, por lo demás, me sentí como un actor o, peor aún, como un mono de feria ante una multitud exultante.

Sin duda alguna, las procesiones de Semana Santa tienen una raigambre popular imperecedera y, si les restamos lo que tienen de folclore y de exhibición social fuera de lugar (esos famosillos asomados a los balcones con sus parejas, riendo y haciéndose arrumacos, ajenos al verdadero sentido de lo que acontece en la calle), merecen todos mis respetos, aunque las considere algo ya impropio de nuestro tiempo.

Y lo que sigo sin entender es que, en pleno siglo XXI, todavía se hagan procesiones, como las que recientemente han tenido lugar por diversos lugares de la geografía española, para que llueva, una práctica se me antoja muy primitiva. Una cosa es tener fe y rezar para obtener un favor divino y otra este tipo de manifestaciones que me retrotrae a tiempos pretéritos en los que la incultura y la superstición estaban al orden del día.

Bendecir un objeto, un coche, un animal de compañía, una vivienda, etc., se asemeja más a lo que hace un chamán para proteger al creyente, a su familia y a su casa de los malos espíritus, que algo propio de una Iglesia moderna. Nuevamente la pregunta: ¿Fe o superstición?

Para terminar, solo añadir que la fe, el fanatismo y la superstición son, en muchos casos, enemigos acérrimos de la medicina moderna y de la salud, cuando alientan, directa o indirectamente, al enfermo a abandonar el tratamiento habitual y clínicamente contrastado para convencerle de que solo la oración o el curanderismo podrán sanarle. ¿Cuántas muertes se podrían atribuir a esas creencias y actitudes?


La fe nunca debe contagiarse de fanatismo ni mezclarse con la superstición.


jueves, 23 de noviembre de 2017

La ley del más fuerte



Hace poco fui a ver una película que me hizo recapacitar una vez más (y han sido muchas a lo largo de mi vida) sobre el hecho, triste y demasiado frecuente, de que legal y justo son dos términos que no siempre van de la mano. ¿Acaso es justo, por ejemplo, que quien ha sido puesto de patitas en la calle por no poder hacer frente al pago de la hipoteca, no solo se quede sin vivienda, sino que, además, siga debiendo a la entidad bancaria el importe de lo adeudado? A menos que dicha entidad acuerde la dación en pago, esta práctica es perfectamente legal. Y como este, podríamos hallar otros muchos ejemplos en los que la Justicia es injusta.

Volviendo a la película que ha inspirado esta entrada, no diré su título ni entraré en demasiados detalles ─solo los justos─ para no destriparla por completo. Quien la haya visto o vaya a verla, sabrá a cuál me refiero.

Para ilustrar el título de esta reflexión y ejemplarizarlo, voy a describir someramente la problemática que en dicho filme se despliega.

A mediados de los años cincuenta, una joven se establece en una pequeña ciudad inglesa de provincias, retrógrada y puritana, con el propósito de abrir un pequeño negocio que no es bien visto por la gran mayoría de sus nuevos conciudadanos. Pero mientras estos simplemente se muestran reacios a la apertura de dicho establecimiento porque no entienden su utilidad, una mujer, rica y poderosa, la cacique de facto de la localidad, con influencias en la esfera política, se opone frontalmente a los deseos de la recién llegada por el mero hecho de que deseaba destinar el local ─una vieja pero singular casona─ que esta ha adquirido, tras haber salvado, con no pocos esfuerzos, los obstáculos impuestos por el banco local que debe otorgarle un sustancioso préstamo, a otro menester “más propio” para dicho inmueble.  

De este modo, la pertinaz insistencia y esfuerzos de la nueva inquilina del local por convertirlo en su nuevo y, según ella, prometedor negocio, acrecienta la inquina que siente hacia ella la poderosa dama y la empuja a pergeñar un plan para echarla, no solo de la vieja vivienda sino de “su ciudad”.

Es ahí donde entra en juego la Ley. Dado que la casa que alberga el nuevo negocio es muy antigua, casi emblemática para los habitantes de esa pequeña localidad, a pesar de su ruinosa presencia, la poderosa mujer convence a su sobrino, miembro del parlamento, para que presente una proposición de Ley que permita a los ayuntamientos expropiar todo edificio histórico singular a sus legítimos propietarios. Dicha Ley, por supuesto, prospera de forma excepcionalmente rápida y se implanta de inmediato y con carácter retroactivo.

Pero ahí no termina la cosa. No satisfecha con su “hazaña”, la perversa dama se sirve de sus malas artes ─obvio detallarlas─ para que un supuesto técnico se cuele, en ausencia de la joven propietaria, en la que es ahora su vivienda y dictamine oficialmente que se halla en situación ruinosa y que sus cimientos están peligrosamente afectados por la humedad, con lo cual, según la Ley, no procede pago alguno por su expropiación. Por si eso no fuera suficientemente ignominioso, el sobornado y supuesto técnico alega, además, que la humedad del sótano le ha afectado la salud y, por lo tanto requiere ser indemnizado con una cuantiosa cantidad de dinero. Todo muy legal.

Como la joven no tiene recursos ni medios para luchar contra el poder, debe acatar la requisición del abogado representante del ayuntamiento y se ve forzada a abandonar la vivienda y la ciudad, perdiendo todo lo invertido. Y hasta aquí puedo leer, que ha sido mucho me temo, dejando en el aire, eso sí, el inesperado final de esta cinta que, aun resultándome en algún momento un poco aburrida, me gustó por su interpretación y temática y despertó en mí la necesidad de escribir estas líneas.

Dicho todo esto, la moraleja de esta obra, tanto la película y como la novela en la que está basada, es clara como el agua de ósmosis: la ley está muchas veces de parte del más fuerte; que en muchas ocasiones se interpreta y/o utiliza de forma torticera con el único propósito de hundir al adversario, al más débil, y salirse con la suya en beneficio del poderoso.


Es muy cierto que la ley no solo es ciega sino muchas veces sorda. Será que se está haciendo vieja.


viernes, 10 de noviembre de 2017

Una cuestión de apellidos



Como nota introductoria, debo aclarar que esta entrada no tiene la carga crítica que suelen tener mis comentarios en este blog. Es solo el reflejo, como en otras ocasiones, de una observación que desde siendo un niño me ha llamado poderosamente la atención. Si alguien se siente aludido, que simplemente lo tome como un comentario hasta cierto punto jocoso, pero sin mala intención, y, si lo considera oportuno, aporte su punto de vista.


Como sabéis, en el patronímico español, la terminación o sufijo -ez significa “hijo de”, uso que procede de tiempos muy pretéritos (no he podido hallar un consenso en este tema). Equivale al “-es” de los portugueses (Fernandes), al “-son” de los ingleses (Harrison), al prefijo Mac o Mc de los escoceses (McPherson), o al O’ de los irlandeses (O’Hara). De este modo, Martínez, López, Jiménez, Rodríguez o Ramírez, entre otros muchos, significan hijo de Martín, de Lope, de Jimeno, de Rodrigo o de Ramiro, respectivamente, nombres estos que, dicho sea de paso, nos suenan mejor que sus formas patronímicas antes mencionadas, quizá porque no son tan frecuentes.

Pero, por lo visto, parece que hay a quienes les avergüenza esta vulgaridad ─entendiendo aquí como vulgar aquello que es común o corriente─, hasta el punto de que cuando dicho apellido es el paterno y, por lo tanto, el primero, tratan de mitigar esa “ordinariez”, añadiéndole el segundo, el materno, de modo que ambos pasan a formar un conjunto inseparable. Incluso, a veces, ese primer apellido se omite, desaparece o, en el mejor de los casos, se sustituye por su inicial. Un caso similar, aunque no termine en “ez”, es el apellido García que, junto al de González, es el más abundante en España.

Del primer grupo, el que usa los dos apellidos, hay muchísimos ejemplos públicamente conocidos a lo largo de la historia presente y pasada. He aquí, unos cuantos ejemplos:

-        Laureano López Rodó (ministro de Asuntos Exteriores durante la dictadura)
-        Manuel Gutiérrez Mellado (ministro de Defensa durante la transición)
-        Emilio Gutiérrez Caba (actor), y sus hermanas Irene y Julia (también actrices)
-        Manuel Gutiérrez Aragón (director de cine)
-        Arturo Pérez Reverte (periodista y escritor)
-        Federico Jiménez Losantos (periodista)
-        José Luis López Vázquez (actor)
-        Jorge Fernández Díaz (político)
-        Xavier García Albiol (político)
-        Pedro García Aguado (exjugador de waterpolo y presentador)
-        Albert Sánchez Piñol (escritor)
-        Y muchos más… Hasta ¡¡¡Federico García Lorca y Benito Pérez Galdós!!!

Y es que lo de, por ejemplo, Arturo Pérez, José Luis López, Federico García o Benito Pérez, reconozcámoslo, le resta categoría y gallardía al portador.

En el capítulo de quienes omiten o esconden ese apellido mal visto o mal considerado por sus portadores, es harto difícil saberlo, pues nos hemos acostumbrado a la forma habitual y pública con la que les conocemos y, por lo tanto, ignoramos si entre su nombre de pila y su apellido de uso común existe algo entremedias. Pero de haberlos, hailos. Ahora mismo, se me ocurre el caso especial de José Luis Rodríguez Zapatero, a quien todo el mundo se refería como Zapatero a secas, o con el acrónimo ZP. O bien el conocido periodista y presentador de La Sexta, Ferreras, Antonio Ferreras, o a lo sumo Antonio G. Ferreras quien, en realidad, se llama Antonio García Ferreras.

¿Todos los aquí mencionados ─y otros muchos en idéntica situación─, se avergüenzan realmente de su primer apellido? ¿Qué hay de malo en llamarse Pérez, como el ratoncito, o Jiménez, como Curro el bandolero? Supongo que algunos lo harán para distinguirse, dada su relevancia social, del resto de sus homónimos. Aunque, claro, siempre hay excepciones, y entre ellas tenemos al periodista deportivo José Mª García, que, por lo visto, nunca menospreció este apellido.

Hace muchos años conocí a un joven sueco que se cambió el orden de sus apellidos tras el divorcio de sus padres. Una forma, supongo, de desdeñar a su progenitor, a quien culpó de la ruptura, que adivino, traumática. Un cambio, hasta cierto punto, comprensible. Por aquel entonces esta práctica no era posible en nuestro país. Hoy sí.

Actualmente ya no es preceptivo que sea el apellido paterno el que figure en primer lugar en el registro civil de un recién nacido, y posteriormente se puede cambiar el orden, una vez alcanzada la mayoría de edad, siempre que se cumplan unos determinados supuestos y requisitos. Siendo así, no quiero imaginarme, pues, la impotencia de quienes han tenido la “mala fortuna” de apellidarse Martínez López, Gutiérrez García, Rodríquez Jiménez, etc., etc.

Quizá penséis que digo todo esto porque a mí no me afecta, pues López es mi segundo apellido. Es fácil ver los toros desde la barrera ─diréis─. ¿Qué pensaría al respecto de haber tenido mis apellidos en el orden inverso? Pues si mi padre, leridano, se hubiera llamado López y mi madre, murciana, Panadés (no sé si habrá algún Panadés en Murcia), os aseguro que los hubiera mantenido en ese orden, y a mucha honra.

Y es que creo, y que no se ofendan los aludidos, que el orgullo por ser lo que somos no es una cuestión de apellidos.



miércoles, 25 de octubre de 2017

Weinstein, Cosby y otros tantos


Recientemente ha sido un famoso productor de Hollywood, Harvey Weinstein, pero hace algún tiempo fue el no menos famoso actor y showman de televisión, Bill Cosby, los que han saltado a la palestra por su conducta “inadecuada”, habiendo sido acusados de acoso, abusos sexuales e incluso de violación a actrices, jóvenes aspirantes a estrellas del cine y de la televisión norteamericana.

Nunca había oído hablar de ese productor cinematográfico, pero conozco muy bien al actor de color, quien, en un famoso show televisivo que llevaba su mismo nombre, representaba a un ejemplar y encantador padre de familia.

Ambos casos me han producido asombro, pero en el caso de Mr. Cosby consternación, al igual que cuando un pederasta resulta ser un monitor que tenía bajo su responsabilidad a niños a los que debía cuidar y proteger. Simplemente, el actor representaba un papel muy alejado a la cruda realidad. Pero mi asombro ─ingenuo de mí─ no solo se debe a que hechos de esta índole sigan ocurriendo en un país, como los Estados Unidos de América, donde parece que las mujeres tengan más poder y sean más respetadas que en otras latitudes, sino por el hecho de que esa conducta delictiva fuera conocida o sospechada por personas del ambiente artístico e incluso por compañeros de trabajo. Algunos han indicado que era un secreto a voces. Si era así, ¿por qué nadie alzó la voz para acusar al abusador y evitar que reincidiera?

En el caso de Weinstein, el escándalo ha salido a la luz por boca de Zelda Perkins, una antigua asistente a quien el productor había pagado una generosa suma de dinero para que mantuviera la boca cerrada sobre el acoso al que fue sometida en más de una ocasión, acuerdo al que ella, por lo visto, accedió. Otras actrices, hoy famosas, entre ellas Lupita Nyong’o (que saltó a la fama con la película “12 años de esclavitud”), Gwyneth Paltrow y Angelina Jolie, han admitido haber sido también objeto de acoso y/o proposiciones deshonestas. Otras han declarado que también aceptaron un acuerdo de confidencialidad por parte del acosador Weinstein, para que no revelaran públicamente su improcedente actitud, acuerdo al que accedieron por consejo de un bufete de abogados.

Ahora son muchas las voces, en el entorno de Hollywood, que critican y abominan de la conducta del famoso productor. Matt Damon y Quentin Tarantino incluso han admitido que sabían que era un acosador. ¿Cuántos más lo sabían y callaron? ¿Cuántas actrices famosas se sumarán ahora a la lista de acusadoras, pero callaron en su momento? ¿Cuántos otros acosadores sexuales saldrán a la luz? La actriz Emma Thompson afirma que eso es solo la punta del iceberg. ¿Cómo es posible que hoy en día ocurran estas cosas y se sigan ocultando? ¿Por temor a represalias? ¿Por interés?

Lo que seguramente nunca sabremos es cuántas actrices principiantes accedieron en su momento y siguen accediendo a este tipo de proposiciones a cambio de un papel en una obra de teatro o en una película.


Y yo me pregunto: ¿Qué estaríamos dispuestos a hacer para llegar a ser famosos?


miércoles, 11 de octubre de 2017

La sinrazón del corporativismo



Se habla de “corporativismo” cuando un grupo o sector profesional actúa, a ultranza, en defensa de la solidaridad interna y de los intereses de sus miembros.

Por fortuna, este comportamiento corporativista ha ido menguando. Hemos visto casos en que la mala praxis de un médico ha sido denunciada sin tapujos por sus colegas y por el mismo Colegio Oficial de Médicos, algo no solo ético sino necesario, pues no se puede permitir que la conducta inadecuada de un elemento ponga en entredicho la profesionalidad y el buen hacer de un colectivo.

Pero donde algo hubo, algo queda (como con la hermosura) y me atrevo a decir que todavía hay colectivos en los que se practica el encubrimiento mutuo.

A mi juicio este corporativismo sigue más vigente que nunca en la clase política, aunque con unos tintes y manifestaciones especiales. Porque, salvo contadas excepciones, la actitud mayoritaria es la de cerrar filas y defender a ultranza el mal comportamiento del correligionario, a menos que quede meridianamente clara y probada su culpabilidad. Entonces, la situación se invierte, defenestrando al culpable para deshacerse de un lastre, un peso muerto, que daña la imagen del partido. Todos se apresuran a desmarcarse del hecho juzgado y sentenciado, y del apestado en que se ha convertido el garbanzo negro de la familia, olvidándose de las antiguas correrías conjuntas.

Pero iré más allá de este comportamiento de autodefensa y me referiré a la obediencia de partido, a la falta de discrepancia dentro de un grupo político, a la prohibición generalizada de practicar la objeción de conciencia, impidiendo con ello ejercer el dominio de la razón, la libertad de pensamiento y de expresión.

Si bien es lógico que un afiliado a un partido “comulgue” con la ideología y el programa político del mismo y que la cúpula de dicho partido tenga un pensamiento homogéneo, un mismo enfoque frente a los problemas sociales y una actitud común ante lo que consideran el ejercicio de su deber, también es perfectamente normal que exista alguna discrepancia, incluso significativa, en torno a un tema en concreto. ¿Todos los miembros de un partido conservador tienen que estar, por ejemplo, en contra del aborto?

¿Y a qué se debe que todos los miembros relevantes (los que se manifiestan en público) de un partido usen el mismo lenguaje, las mismas consignas, palabras y ejemplos? ¿Acaso, en aras de ese corporativismo u obediencia, se aprenden la lección de memoria sin pensar en si lo que dicen se ajusta a la realidad? Pero ¿qué es realidad o verdad en política?

Pero todavía iré más lejos, adonde realmente quería llegar, pues todo lo anterior era para hacer boca, un aperitivo. Y como suele ocurrir en los banquetes, el aperitivo es mucho más abundante que el plato principal.

Y el plato principal al que quería llegar es al seguidismo que practican muchos ciudadanos y ciudadanas.

Porque alguien haya votado a un determinado partido, ¿tiene que secundar forzosamente todo lo que sus portavoces dicten y acuerden? Por muy afín que sea a su ideario político, ¿acaso no puede discrepar jamás y tener su propia opinión, aunque se desvíe de la del “consorcio”? ¿Dónde está la objetividad, si es que existe? ¿Todos a una, como Fuenteovejuna?

Usando un ejemplo deportivo, ¿por qué todos los seguidores de un equipo de futbol niegan unánimemente que uno de sus jugadores estuviera fuera de juego cuando marcó un gol y lo siguen manteniendo incluso después de ver las imágenes por televisión? ¿Y por qué el árbitro siempre favorece al equipo contrario cuando el nuestro pierde, pero nunca al revés? Si en algo tan banal como es un juego existen unas conductas tan parciales y gregarias, qué no sucederá cuando se trata de asuntos más espinosos y controvertidos.

Haciendo un ejercicio de ingenuidad, pienso que se puede estar perfectamente en desacuerdo con la opinión de tus “correligionarios”. Pero parece que eso no es así en la realidad. Al menos no en política. Hay quien considera que una crítica a “su partido”, es un ataque personal. Y, siguiendo esta premisa de fidelidad a rajatabla, esos mismos "jueces" interpretan que cuando uno valora positivamente unas declaraciones o una iniciativa de un determinado dirigente, ello forzosamente indica que pertenece o simpatiza con el partido que aquel representa. ¿Acaso en política no puede existir la objetividad? ¿Os habéis fijado como en el Congreso de Diputados o en cualquier Parlamento una intervención, por muy acertada y digna de encomio que sea, solo es aplaudida por la bancada del partido del orador? Si se expone algo justo y ecuánime, ¿por qué no es aplaudido por todos los diputados, independientemente de su afiliación? Pues porque tal actitud se interpretaría como darle la razón al enemigo, una traición imperdonable a su partido. Quizá esa sea la tónica general o la regla no escrita. Yo mismo, por mostrar mi desacuerdo en una red social con el partido del Gobierno, he sido etiquetado en más de una ocasión de “podemita” y con ello no quiero decir que sea algo insultante, faltaría más. Simplemente quiero significar con qué facilidad se hacen conjeturas y se etiqueta a la gente por sus palabras.

Todavía hay quien clasifica a la gente en dos grupos: buenos y malos; amigos y enemigos. Son los mismos que practican el “estás conmigo o contra mí”. No hay un abanico de colores; para ellos solo hay blanco y negro.


Al parecer, la inteligencia, la sensatez y la ecuanimidad no siempre van de la mano. Para mí, cerrar filas en torno a un único argumento y partido político, haciendo oídos sordos a cualquier otra alternativa, es una forma de corporativismo muy negativa. Incluso diría que es una sinrazón.

O quizá resulta que soy un anti-sistema sin saberlo.


martes, 26 de septiembre de 2017

¿Buen ciudadano o chivato ejemplar?


Siempre me he vanagloriado de ser un buen ciudadano, una de esas personas que se comporta cívicamente, respetando las normas de convivencia, ya sean oficiales (me gusten o no), ya sean de pura educación. Cuando veo que otros se saltan esas normas a la ligera, sin pensar en los demás, tengo que contenerme de la rabia que me da ver su falta de urbanidad. Solo recuerdo una ocasión en la que recriminé a una de esas personas su falta. Fue en la cola de un cine, viendo cómo intentaba colarse por la cara. Ha habido casos que, de buena gana, hubiera denunciado al infractor (como esos fitipaldis que se creen dueños de la carretera y que conducen temerariamente, zigzagueando a toda velocidad con adelantamientos peligrosos) pero no lo he hecho. Nunca me ha gustado jugar a ser policía ni delator. Para esto están los que deben velar por la seguridad vial.

No quiero, con ello, afirmar que jamás haya incurrido en una infracción. En más de una ocasión he sido multado por haber sobrepasado el límite de estacionamiento en zona azul y dos o tres veces en mi vida por haber superado el límite de velocidad en carretera en 10 ó 20 Km/hora. Que cada uno juzgue la gravedad de mi infracción, pero puedo asegurar que nunca he puesto en peligro mi integridad física ni, por supuesto, la de mis acompañantes o la de los demás conductores. Y siempre he pagado las multas religiosamente, aprovechando, por supuesto, el periodo de bonificación.

Pues bien, resulta que hay otros buenos ciudadanos que sí se erigen en vigilantes anónimos de las infracciones ajenas. Y en tres casos, he sido yo la víctima; vamos, el denunciado. Yo, un ciudadano ejemplar (o eso creía), me he visto denunciado dos veces y otra amenazado con hacerlo.

La primera vez, hace muchísimos años, recibí una multa por aparcamiento en zona prohibida en una calle de Barcelona en la que no había estado jamás. El denunciante anónimo facilitó el número de matrícula del vehículo infractor a las autoridades pertinentes, quienes me hicieron llegar la denuncia. En este caso, sin embargo, el observador y denunciante no solo se equivocó al tomar nota del número, sino que fue tan preciso que incluso facilitó la descripción del vehículo: la marca (un Renault 5) y el color (amarillo). Mi coche era un Seat 127 blanco. Recurrí y gané, lógicamente. Al denunciante le salió mal la jugada, aunque, para mi desgracia, no debió enterarse.

En una segunda ocasión, más irritante si cabe, fui objeto de una amenaza de denuncia por parte de un ciudadano ocioso. Fue en agosto del año pasado. Estando mi mujer y yo hospedados en un hotel de las afueras de Olot (Girona), visitamos esta bonita ciudad por la tarde y nos quedamos a cenar. Mi sorpresa fue mayúscula cuando, al ir a retirar el coche, comprobé que la zona donde lo había dejado correctamente estacionado quedaba cerrada al público por la noche y que solo los vecinos tenían un mando para accionar los pivotes que rodeaban el recinto. Por fortuna divisé una zona por donde podía escapar al cerco, pero para ello debía recorrer unos escasos cinco metros en sentido contrario a la marcha y poder entrar, así, en terreno “amigo”. Aun así, la salida hacia la carretera que llevaba al hotel seguía siendo complicada, por lo que me detuve unos instantes para orientarme y decidir qué ruta tomar. Pues bien, estaba en ese trance meditativo cuando se me acercó un individuo que, al parecer, no tenía otra cosa que hacer, y me recriminó mi infracción. Le repliqué que no era del lugar, que no sabía por dónde salir y que, al verme literalmente acorralado, no había tenido otra opción que hacer lo que hice. Otro le hubiera enviado a freír espárragos y le hubiera dicho que se ocupara de sus asuntos, pero uno es una persona educada y tampoco quería provocarle. Aun así, y de forma bastante chulesca, me advirtió que me estaría observando y si volvía a hacer otra infracción me denunciaría. Reconozco que estuve a punto de perder los estribos ante tanta insolencia, pero me contuve y le dije, con un tono de cabreo, eso sí, por dónde coño podía ir hasta la carretera. Por lo menos, me lo indicó haciéndome señas con los brazos, que más bien parecían aspas de un molino de viento. Pues eso, a tomar viento, escrupuloso ciudadano metomentodo.

Y la tercera vez, hace unos días, recibí por correo certificado una denuncia por una infracción cometida el pasado 22 de julio en Palafrugell (también en Girona), por, según reza dicha denuncia, “no obedecer una señal de entrada prohibida para determinados vehículos”. La infracción se califica como leve. Y otra vez el denunciante es desconocido y se indica que la denuncia no se entregó en mano por “haber tenido conocimiento de la infracción posteriormente por medios de captación”. Si el medio de captación utilizado en este caso hubiera sido una cámara, adjuntarían la foto. Pero no. Ese medio le veo yo en forma de un aburrido tocapelotas que no tenía otra cosa que hacer un sábado por la tarde.

Ese sábado, 22 de julio, mi mujer y un servidor acudíamos al festival de música de Cap Roig, en Calella de Palafrugell y, como no sabía cómo llegar, me dejé guiar por el GPS que, en lugar de llevarnos a esa población, nos envió a la vecina Palafrugell (me salto los pormenores para no alargarme en exceso). El caso es que, una vez descubrimos el craso error y tras reprogramar el GPS, no había forma de salir de una especie de bucle. Vueltas y más vueltas, yendo a parar al mismo punto de partida. Hasta que se impuso el pragmatismo y decidí desobedecer las indicaciones de ese maldito aparato para salir de ese laberinto de calles, tomando la primera que me pareció fiable. No me extrañaría que, histérico como estaba, pues el tiempo se echaba encima y no quería llegar tarde al concierto, tomara alguna calle que, según la denuncia, no estaba permitida para según qué vehículos (¿?). A no ser que vuelva a Palafrugell y busque esa calle, que lleva el bonito nombre de Concordia, siempre me quedaré sin saber para qué tipo de vehículos sí que está permitido transitarla.

El caso es que el denunciante en esta ocasión sí tomó correctamente el número de matrícula, la marca y el modelo. Solo faltaba el color: también blanco. 

No voy a recurrir la multa. ¿Para qué? ¿Qué podría alegar? ¿Qué no lo hice a sabiendas de que estaba infringiendo las normas de circulación? ¿Qué no vi ninguna señal de prohibición? ¿Qué todo fue por culpa del GPS y de mis nervios? ¿Qué lo siento mucho y que no volverá a ocurrir?

Y a todo esto yo me pregunto que qué ganó este otro denunciante anónimo, chivato delator. ¿Acaso se considera un justiciero? Lo entendería si mi vehículo le hubiera ocasionado alguna molestia. Supongamos que hubiera circulado unos metros por una calle peatonal, solo reservada para los vehículos de los residentes, o que solo fuera para carga y descarga. Yo que sé. ¿Qué daño le pude ocasionar? Incluso si un coche está mal aparcado o en zona prohibida, ¿eso justifica que alguien ajeno al problema se tome la molestia de denunciarlo a la autoridad competente? ¿Es por un sentimiento de justicia o de revancha? Y si es de revancha ¿contra qué o contra quién? ¿Serán municipales jubilados que sienten añoranza de sus buenos tiempos?

Yo me inclino por la teoría del amargado, del intransigente, del que está contra todo, del que tiene manía a los coches y a sus conductores. Hay quien cuando ejerce de peatón es un enemigo acérrimo de los conductores y cuando está sentado al volante son los peatones quienes deberían arder en el infierno. 

Siempre duele tener que pagar una multa, pero más me duele tenerlo que hacer cuando la infracción ha sido totalmente involuntaria, sin ningún efecto adverso para nadie, forzada por un contratiempo perfectamente comprensible y cuyo denunciante es un ser anónimo que no saca nada con su acto “heroico” (a no ser que se lleve una comisión por denuncia realizada), salvo fastidiar al prójimo. Si hubiera sido un agente en persona quien me hubiera querido denunciar, seguramente habría aceptado mis excusas y explicaciones. Pero uno no puede defenderse ante quien actúa en la sombra.

Solo son cuarenta euros (con la bonificación del 50% por pronto pago), pero me molesta sobremanera que sea yo, que siempre procuro no saltarme ninguna norma social y que abomino de quien lo hace por la cara, el receptor de esa multa.

Y volviendo a mi denunciante ─no al primero, fallido, ni al segundo, frustrado, sino al tercero, certero─ me haré la pregunta que se hacía José Luis Perales: ¿Y cómo es él, a qué dedica el tiempo libre?

*Ilustración: "La vieja del visillo", personaje interpretado por José Mota