miércoles, 17 de mayo de 2017

Publicidad engañosa, publicidad fastidiosa


La publicidad es un mal necesario, admitámoslo. En una sociedad de consumo como la nuestra es de vital importancia que las empresas sepan vender sus productos al comprador potencial. El publicista es un profesional muy bien cotizado y reconocido. La publicidad mueve miles y miles de millones de euros al año, en paralelo a las ganancias de las marcas más célebres. Conmigo, sin embargo, la mayoría de empresas no harían negocio. Generalmente no presto mucha atención a sus mensajes y, si puedo, los evito. Pero están ahí, martilleándonos a todas horas y en todos los lugares. Tenemos publicidad en la calle, en el cine, en los periódicos, en las revistas, pero sobre todo en la televisión. Hay que reconocer que algunos spots publicitarios son una pequeña obra de arte, aunque el fin sea convencer de algo a alguien y vendérselo como algo imprescindible para ser feliz. Pero esa es la excepción a la regla. Hay anuncios originales, simpáticos, llamativos, pero para mí la regla es que los anuncios son una bazofia ─en la forma, en el fondo o en ambas cosas─ con el único objetivo de comernos el coco.

Si la publicidad fuese un germen, sería un patógeno, un parásito, y nosotros su huésped. Unos, los menos, seríamos lo que se conoce como portadores sanos, es decir que, habiendo sido infectados, no sufrimos los síntomas de la enfermedad. Hemos quedado inmunizados sin saberlo. Otros, los más, sufren las consecuencias de la infección, aunque esta, por fortuna, no es mortal. Aun así, los que peor pronóstico tienen son los compradores compulsivos.

Que la publicidad es necesaria para vender un producto es tan obvio como que el sol sale al amanecer. Que los mensajes publicitarios exageran las propiedades de dichos productos es algo que lo tenemos tan asumido que ya forma parte del mismo concepto de publicidad. Pero que el objetivo de la publicidad sea engañar al público eso ya es delito. 

Podría poner centenares de ejemplos en los que no se dice la verdad y no pasa nada. Me refiero, por ejemplo, a la promoción de un producto como si fuera el elixir de la eterna juventud, a la publicidad de las promesas no cumplidas, a la de los productos milagro, a la que asegura que se perderán 12 kilos en pocas semanas tomando un preparado, a la que ofrece devolver el dinero si la consumidora no va al baño regularmente tras dos semanas de tomarse ese yogur tan rico en probióticos o a la que, en el mismo periodo de tiempo, no pierde peso al beber ese agua mineral de alta montaña, a sabiendas de que nadie se atreverá a reclamar para no hacer el ridículo, para no reconocer que ha picado con el timo de la estampita. Que, por cierto, yo me pregunto si habrá alguien estreñido capaz de aguantar dos semanas sin ir al baño esperando a que el yogur haga el efecto deseado. 

Parece que algunos publicistas tengan patente de corso. Pueden hacer o decir lo que les apetezca, aunque sean auténticas barbaridades. ¿Qué es el bio-alcohol?, ¿o el oxígeno activado? ¿Y esos granulitos que atrapan la grasa circulante? Se pueden exhibir anuncios verdaderamente machistas sin ningún reparo a menos que aparezca en una valla publicitaria y a alguien se le ocurra denunciarlo. Parece que no tenemos un verdadero sistema de autocontrol de la publicidad. Si cuela, cuela. 

Si bien toda esa publicidad engañosa me enoja, al comprobar que ningún organismo pone coto a tanta desvergüenza, teniendo en cuenta que alguna puede conllevar efectos nocivos para la salud, la que más me irrita es la que ofende mi intelecto, la que engaña con ardides de tal calibre que claramente toma al consumidor por idiota. Es la publicidad que utiliza métodos persuasivos, cuando no coercitivos, para lograr su propósito. La que engaña de forma más o menos subliminal, la que juega con la tontería humana. La que, en muchas ocasiones, invade nuestro espacio, nuestra vida privada, nuestra intimidad. 

Por mucho que vea que me están intentando colar un gol, venderme la moto o engatusarme con buenas palabras, me exaspera que sigan utilizando estos métodos tan burdos que son un insulto a la inteligencia. Indicar un precio irrisorio para unas gafas graduadas, que incluye, por si fuera poco, unas segundas lentes completamente gratis. Carteles en los escaparates que anuncian precios rebajados “hasta el 70%” cuando en realidad tal rebaja solo afecta a unos pocos productos que nadie osaría comprar, mientras que la gran mayoría están rebajados un 30%, lo habitual en periodo de rebajas. Y no mienten, pero incitan al malentendido. Es como indicar el precio de un coche de alta gama “a partir de 20.000 euros”, pero si deseas tener todos los accesorios y prestaciones como la gran mayoría de marcas de la misma categoría, este precio se dispara considerablemente. Tampoco mienten. Simplemente muestran el panal de rica miel para atraer a las golosas moscas que, una vez atrapadas, no mueren pero acaban presas de patas en él, pagando casi el doble del precio insinuado. Mal por las moscas, mal por el apicultor.

¿Quién no ha visto por televisión ofertas de una compañía de telefonía o plataformas de entretenimiento de pago con unas condiciones económicas realmente atractivas, mientras que en la base de la pantalla corre como una liebre un texto minúsculo que, en realidad, indica que dicha oferta solo cubre los primeros x meses? 

También sufrimos la publicidad a domicilio. Ya no llaman a la puerta, como antaño, vendiendo enciclopedias por el barrio, sino al teléfono. Es el telemarketing. Cuando, por lo menos, ese tipo de llamadas procedían de un número secreto, anónimo o extrañamente largo, con no contestar te sacabas al pelmazo de encima. Pero aprendieron la lección y ahora estas llamadas aparecen con un número “inocuo”, con el prefijo provincial, que no levanta sospechas. Sin embargo, las primeras palabras ya les delatan, pero el auricular ya está en tus oídos. Son muy amables, se presentan con su nombre y el de la empresa (que casi nunca se entiende), y a continuación se inicia el largo sermón sin dejar espacio entre palabras para la réplica. Y uno que sigue siendo mínimamente educado no se atreve a interrumpir hasta que los nervios le traicionan, viéndose obligado a cortar por lo sano.

¿Quién no ha recibido una llamada telefónica anunciándole que ha sido elegido al azar, entre todos los habitantes de su población, para disfrutar de una oferta sin parangón o de un obsequio, solo por acceder a contestar unas simples preguntas sobre, por ejemplo, sus hábitos saludables? Luego resulta que la oferta consiste en tener el privilegio de que te hagan una demostración “gratis” de un artilugio o bien el obsequio en cuestión no es más que una baratija para la que “solo” debes abonar los gastos de envío, que superan su valor. Por no hablar de la molestia que representan estas llamadas a la hora de comer o de cenar, para asegurarse, de ese modo, que dan con el titular, el propietario, el ama de casa, con alguien a quien importunarle con esa oferta que no podrá rechazar.

El empleo de internet ha añadido nuevas formas de importunar al sufrido consumidor. Estamos absolutamente controlados y no nos podemos escapar. Solo por haber consultado una web de hoteles o los vuelos de una compañía (Accorhotels.com, eDreams, booking.com, etc.) nos lloverán ofertas a raudales durante el resto de nuestra vida, aunque ya las hayamos aprovechado. ¿Si ya hice una reserva de hotel en Bilbao, por qué siguen dándome información sobre hoteles en Bilbao? Si acabo de volver de Cancún, ¿a qué viene que me recomienden viajar a Cancún? Si solo he buscado información sobre rutas en el Pirineo, ¿a qué viene esa insistencia para que haga una escapada al Pirineo todos los fines de semana?

Pero de todas las técnicas engañosas, que hieren, o deberían herir, la sensibilidad del consumidor, la peor es el empleo de los 95 céntimos, e incluso 99 céntimos, para los decimales de un precio. “Por solo 69,99 euros”. ¿Acaso alguien comprará ese artículo con mucha más probabilidad que si el precio estuviera marcado en 70 euros? Debo pensar que así es, puesto que, de lo contrario, no utilizarían esta ridícula práctica.

Como publicidad fastidiosa, yo le daría el primer premio a los cortes publicitarios en televisión, sobre todo los que aparecen sin aviso y que por un instante te dejan dudando sobre si las imágenes que ves forman parte de la película que estabas siguiendo. ¿Qué pinta ese tío rociándose con un desodorante cuando el aguerrido policía acaba de echar la puerta abajo de una patada? Y a la vuelta. Tras un refrescante trago de cerveza junto a la playa, el policía vuelve a la carga abalanzándose sobre el presunto terrorista. Juegan impunemente con nosotros. Somos sus peleles. En algunos casos son lo suficientemente corteses como para avisar con un “volvemos en 7 minutos” aunque, en realidad, son más, que lo he contado. Pero también esto forma parte del pan nuestro de cada día. Y como ya estamos acostumbrados, no nos quejarnos y somos unos dóciles corderitos, pues introducen nuevas prácticas. Estas se basan ahora en la molestia visual ─por lo menos a mí me molesta─ que consiste en mantener todo el tiempo que dura una película, en un ángulo de la pantalla, bien vivible, el título de otro programa o película que se emitirá próximamente, indicando el día y la hora. Así, estamos viendo “La guerra de los mundos” y aparece, sobreimpresionado, en letras mayúsculas, “La momia, mañana, 22:30 horas”. Supongo que es el precio a pagar por tener una televisión gratuita. De algún modo se lo tienen que cobrar. A fin de cuentas, la publicidad es su fuente de ingresos.

La verdad es que no sabría decir qué me incomoda más, si la publicidad engañosa o la fastidiosa. Por lo menos, la primera, con algunos conocimientos y una buena dosis de sentido común puedo neutralizarla, aunque no evitarla, pero a la segunda no me queda más remedio que soportarla. 

A los que estudian marketing y/o publicidad deberían enseñarles que el fin no justifica los medios. Pero entonces quizá muchas firmas no se harían de oro.

Ilustración: Imagen obtenida de Internet


lunes, 10 de abril de 2017

El alma sigue estando en venta


A pesar de haber transcurrido más de dos siglos desde que Fausto vendiera su alma a Mefistófeles a cambio de la juventud, para conseguir el amor de Margarita, todavía hay muchos que siguen vendiendo su alma al diablo, si bien con otros propósitos muy distintos y variados.

Vender el alma al diablo es la forma como indicamos que alguien es capaz de hacer cualquier cosa, incluso aliarse con su peor enemigo, a cambio de lograr sus propósitos, que suelen ser profundamente egoístas. Cada día vemos claros ejemplos de ese proceder, que, en muchos casos, ya casi se nos antojan normales.

¿Acaso no es eso lo que hacen algunos políticos cuando forjan alianzas “contra natura” (la izquierda con la derecha) para eliminar o desplazar del poder a un adversario común o conseguir beneficios electorales? ¿O las alianzas entre políticos o dirigentes de ideología opuesta (Trump-Putin, Le Pen-Trump-Putin) para ayudarse mutuamente a conseguir o mantener el poder? ¿O países democráticos de occidente, aliados con países árabes dictatoriales o en los que no se respetan los derechos humanos (Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Turquía, etc.) a cambio de dinero, vendiéndoles armas o comprándoles carburante? 

En el ámbito empresarial, por ejemplo, se acepta e incluso se atrae un turismo barriobajero, de peleas y borrachera, con tal de llenar sus establecimientos (hoteles, bares, restaurantes y discotecas) a cualquier precio. Money, money. Accediendo, pues, a las exigencias de la hostelería, para favorecer sus ganancias económicas, la administración local o autonómica ─y por lo tanto los bolsillos de los contribuyentes─ tiene que hacerse cargo de los gastos que implica desplegar una mayor dotación de policías municipales y de antidisturbios para asegurar la seguridad ciudadana en las calles de los pueblos y ciudades más turísticamente concurridas. A cambio, el ciudadano de a pie tiene que soportar, en el mejor de los casos, las continuas molestias de esas manadas de extranjeros que a las siete de la tarde ya están en un evidente estado de embriaguez.

Y en el mundo de la delincuencia en su estado más crudo, también hay quien cierra los ojos o mira hacia otro lado a cambio de un buen fajo de billetes. Intermediarios en la prostitución, trata de blancas, abuso de menores, pederastia, narcotráfico. Gente sin escrúpulos que, aun no participando directamente en estos actos execrables, e incluso no estando a favor de ellos, son cómplices necesarios. ¡Cuántos habrán aceptado actuar como “mulas”, llevando en su cuerpo la droga, arriesgándose a ser descubiertos en la frontera y encarcelados solo por dinero y sin pensar en las consecuencias de sus actos! ¿Piensa un “camello” en las muertes que producirá la droga que vende? ¿Piensa quien alquila un piso o habitaciones a proxenetas en lo que ocurre en su interior? ¿O acaso piensa el propietario de una discoteca la repercusión social de su desidia permitiendo el consumo y tráfico de drogas en su local? El caso es no perder clientes.

Todo por la pasta. En estos casos el diablo, ese ente, símbolo del mal y de la tentación malsana, no es un espíritu, es algo mucho más tangible, es el dinero. Hay quien lo califica como don dinero y hay quien lo llama puto dinero. Pero es el mismo poderoso caballero.

Desde luego, hay otras formas de vender el alma al diablo no tan dramáticas, como cuando cedemos ante una imposición para hacer algo contra de nuestra voluntad o conciencia por dinero, aunque ello no implique necesariamente hacer daño a terceros. En este caso sería una forma de prostituirse a sí mismo. El que es, por ejemplo, forzado a emitir un informe “retocando” la verdad en beneficio de una empresa pública, privada o de un partido político. El que favorece injustamente a un candidato “enchufado” porque se lo pide alguien que goza de gran influencia. El que escribe una crónica político-social elogiosa para el régimen en el poder, en contra de su opinión, porque así se lo encarga o "recomienda" el periódico para el que trabaja, pensando en algún tipo de recompensa. El abogado que defiende a quien sabe culpable de un delito grave a cambio de la sustanciosa minuta que su bufete le facturará. O el que trabaja en una multinacional con una política social o ecológica nefasta y no la abandona, en contra de su conciencia, porque gana un espléndido salario y otros beneficios en especie. Y así podríamos prolongar la lista de personas, situaciones y cargos que toleran unas condiciones y exigencias injustas por el bien de su seguridad laboral y bienestar socioeconómico.

Quizá llegado este último punto, muchos debiéramos hacer un examen de conciencia y decir aquello de quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. ¿Quién no ha antepuesto alguna vez su seguridad a la equidad? ¿Quién no habrá vendido ─o alquilado temporalmente─ su alma al diablo? Porque, desgraciadamente, el alma sigue estando en venta.


jueves, 30 de marzo de 2017

Dislexia digital


Tengo un problema. Soy disléxico, pero mi dislexia es digital, es decir que el problema subyace en mis dedos, no en mi mente. ¿O quizá sí?

Hace tiempo ─años─ que lo sé y todavía no he logrado resolver el problema. Nadie más que yo se da cuenta porque procuro ocultarlo. Quizás alguien ha advertido alguna irregularidad, pero lo ha atribuido a eso que todos conocemos como gazapo. Un gazapo tipográfico. Suena muy bien y como todos los hemos cometido alguna vez, es comprensible y excusable.

Pero no os podéis imaginar lo insoportable que me resultan esas anomalías de la lengua escrita por culpa de mis dedos indisciplinados o de mi mente demasiado acelerada.

Me explico. Si solo se tratara de cometer errores al teclear demasiado rápido, tendría un pase. En realidad, soy muy mal escribiente. A pesar de que en mis años mozos ─empecé a los quince años─ escribía con mucha frecuencia a máquina, una máquina de escribir portátil Olivetti Pluma 22, que todavía conservo en perfecto estado, nunca llegué a utilizar más de cuatro dedos, los dedos índice y medio de ambas manos. Y sigo con la misma limitación física, incluso después de abandonar aquel teclado duro que martilleaba sobre el papel para acomodarme a las suaves teclas del ordenador personal.

Pero mi falta de destreza en este sentido solo tendría como resultado unas faltas de ortografía aleatorias. Lo mío, en cambio, es casi preocupante. Siempre tropiezo en las mismas palabras y con las mismas faltas ortográficas. Para muestra, unos cuantos botones.

Donde debe decir dice
Primero pirmero
Comentario comnetario
Problema porblema
Finalmente finalmenete (y todos los adverbios terminados en mente)
Menos menso
País, conocía pañis, conocñia (las palabras acentuadas en la i)
Un UN

Entre otros ejemplos.

Excepto en los dos últimos casos, hay siempre una permutación en el orden de las letras. En el caso de la ñ antecediendo a una i acentuada, ello se debe a que las teclas de esa consonante y del acento son contiguas, de modo que, al pulsar sobre la tecla del acento, pulso, a la vez, la de la ñ, comiéndose esta última al pobre acento agudo. Y en el último caso, el problema reside en que tecleo la n antes de haber liberado la tecla de las mayúsculas, de modo que la N queda impresa antes de soltar la tecla ↑. ¡Y siempre me pasa igual!

Así pues, lo que me exaspera es que, aun sabiéndolo, no logro evitarlo, y para evitarlo tengo que teclear con un cuidado y una lentitud inusual e impropia para mi forma de ser y de actuar. 

Ya tenía razón Napoleón cuando le dijo a su lacayo “vñisteme desapcio qeu tenog pirsa”


viernes, 17 de marzo de 2017

He tenido un sueño


Hoy he tenido un sueño. 

He soñado que la justicia era igual para todos, sin distinción de raza, credo ni condición económica y social.

He soñado que todos los políticos eran honestos, decían siempre la verdad, velaban por el bien común y, si erraban, reconocían sus faltas, se arrepentían y acataban la ley cumpliendo la condena sin prebendas ni favores de ningún tipo.

He soñado que no había mujeres maltratadas que perdían la vida a manos de asesinos, sus parejas actuales o pasadas, movidos por el desdén, el odio, los celos o un perverso deseo posesivo.

He soñado que la xenofobia, los prejuicios raciales, sexuales y religiosos se habían erradicado.

He soñado que nadie era despreciado ni marginado por su forma de pensar, por su ideología política; que la democracia no era solo una palabra biensonante en boca de ciudadanos políticamente correctos sino una realidad.

He soñado que el diálogo se imponía a la disputa y la cerrazón, el sentido común al despropósito y el consenso a la imposición. 

He soñado que las leyes eran justas, que justicia y legalidad iban de la mano y que las normas estaban para servir al ciudadano y no al revés.

He soñado que la libertad de expresión no era un subterfugio para insultar, ofender, calumniar y dañar la imagen de quien nos cae mal, piensa de forma distinta o representa aquello que no nos gusta. 

He soñado que había trabajo para todos, que los jóvenes preparados no debían emigrar, que no existían los contratos-basura, que los salarios eran justos y no se explotaba clandestinamente a trabajadores aprovechándose de su necesidad de supervivencia. Y las mujeres tenían igual salario que los hombres, realizando las mismas tareas, y ninguna mujer trabajadora era objeto de acoso sexual.

He soñado que la riqueza se repartía equitativamente por todo el planeta, no había distinción entre países ricos y países pobres. El tercer mundo había desaparecido. No había empresarios que, movidos por la codicia y ávidos por enriquecerse, externalizaban la producción a países en los que utilizaban mano de obra barata y explotada y que, para acrecentar aún más su capital, evadían pagar impuestos e invertían sus ganancias en paraísos fiscales.

He soñado que el dinero público solo servía para invertirlo en los bienes y servicios para los que había sido recaudado, sin desviaciones fraudulentas, y que las corruptelas y maquinaciones entre empresarios y políticos habían pasado a la historia. 

He soñado que en las escuelas no había alumno/as que sufrían bullying por parte de sus compañero/as, por culpa de su físico, su forma de ser u orientación sexual.

He soñado que no había sublevaciones contra regímenes dictatoriales, porque estos ya no existían. No había guerras genocidas por cuestiones religiosas, ni por cuestiones económicas, ni para alimentar la industria armamentística, ni para acabar con la oposición, ni para reivindicar y ocupar territorios.

He soñado que no existían los extremismos religiosos ni facciones armadas que, en defensa de una fe, llevaban a cabo cruzadas sangrientas para exterminar a los que consideraban infieles y contrarios a sus preceptos.

He soñado que ninguna religión, creencia o ideología sometía a sus fieles a imposiciones que atentaban contra su integridad física o moral. El burka, la ablación, la esclavitud sexual ya eran cosa del pasado. Ya no se adoctrinaba a nadie ni se le instruía para matar a su adversario ideológico. Todas las religiones eran tolerantes con las demás.

Y creo haber soñado que todos los hombres y mujeres sabían vivir en paz y armonía. Habían aprendido de sus errores y de los de sus antepasados.

Pero, por desgracia, solo ha sido eso, un sueño.


Imagen: Martin Luther King Jr, quien, en un discurso pronunciado el 28 de agosto de 1963 en Washington a favor de los derechos civiles, dijo la famosa frase "Yo tengo un sueño (I have a dream)"

lunes, 13 de marzo de 2017

La muerte de la muerte


“En 2045 la muerte será opcional y el envejecimiento curable”, afirma José Luis Cordeiro, ingeniero y fundador de la Singularity University, en Silicon Valley (EUA).

Este visionario ─y seguramente millonario─ venezolano, ingeniero mecánico de formación y un montón de cosas más, fue el protagonista principal del programa “La sexta columna”, emitido el pasado viernes, 13 de marzo, por la Sexta. En dicho programa se mostraron los adelantos de la robótica, se habló de la Inteligencia Artificial, se vaticinó la curación de muchas enfermedades actualmente mortales y, en definitiva, se nos presentó un futuro ahora impensable y a la vez esperanzador, que nos hará más felices y ─ojo al dato─ inmortales. El profesor Cordeiro, en un alarde de optimismo, vino a decir que en un futuro próximo ─a fin de cuentas, ¿qué son veintiocho años?─ solo fallecerán los que así lo deseen o bien los que sufran un inevitable accidente mortal.

En ese futuro, según Cordeiro, los médicos no tendrán ningún papel relevante y el paro será su meta profesional.

Consultados algunos científicos, fervientes creyentes en la curación de todas las enfermedades que hoy afligen a la humanidad, y que actualmente están desarrollando la fabricación de órganos con impresoras 3D, éstos consideraron demasiado prematuros los vaticinios del profesor e ingeniero venezolano, prolongando el tiempo estimado para llegar a hacer realidad ese objetivo. Los más pesimistas fijaron en un siglo el periodo para lograr ese hito.

No voy a extenderme más en el contenido del programa ─de indudable interés─ ni en la información aportada por algunos expertos para refrendar esa tesis. No usaré, para rebatir lo en él augurado, el pasaje bíblico en el cual Yhavé castiga la arrogancia del hombre, al construir una torre con la que pretenden alcanzar el cielo, exponiéndole a la confusión de lenguas. No, no voy a ser apocalíptico ni un fanático religioso; solo utilizaré el sentido común ─que alguien dijo que es el menos común de los sentidos─ y, al margen de lo grotesco y absurdo que se me antoja un hombre inmortal, viviendo cientos y miles de años, formularía a esos sesudos científicos y visionarios las siguientes preguntas: si el hombre no muere, por mucho que se controle la natalidad, ¿qué ocurrirá con la creciente superpoblación en un planeta, como el nuestro, en el que ya existen muchas muertes por sequía y hambruna, y que ya está dando las primeras señales de agotamiento? ¿Quién salvará al planeta Tierra de la muerte? ¿Quizá en ese futuro idílico el hombre inmortal lo será a expensas de los pobres, los más desfavorecidos, que deberán desaparecer para dejarle espacio y alimento?

Porque de lo que no habló el genial ingeniero es de la inmortalidad de la Tierra ni de la búsqueda ─y colonización─ de planetas habitables en otras galaxias, un objetivo solo teóricamente conseguible muy a largo plazo.

¿No es esa una nueva prueba de la soberbia e ignorancia del ser humano? ¿Acaso los árboles no nos dejan ver el bosque?


lunes, 6 de marzo de 2017

Creer o no creer, esa es la cuestión


¿Estamos solos? ¿Existe otra vida después de la muerte? ¿Dios existe? ¿Podemos comunicarnos con el más allá? ¿Existe el destino? ¿Existen universos paralelos? ¿Existe la reencarnación? 

¿Quién no se ha hecho alguna de estas preguntas en más de una ocasión? Y hay muchísimas más. Preguntas sin respuesta o bien con respuestas que nos damos para satisfacer nuestros intereses, acallar nuestros temores y/o nuestras dudas. 

Alrededor de esta inquietud por saber y por conocer lo desconocido, revolotea gente de diversa índole: crédulos e ingenuos; incrédulos e intransigentes; agnósticos e indiferentes; estudiosos con y sin formación científica; autodidactas bienintencionados deseosos por conocer la verdad, etc. Una amalgama de personas y personalidades. Y también los hay quienes viven de hacer creer lo que ni ellos mismos creen: falsos parasicólogos, videntes o adivinos, mentalistas de pacotilla, echadores de cartas, médiums, sanadores y una retahíla de vividores sin escrúpulos, que se aprovechan de las necesidades e ignorancia ajenas, lo cual les reporta unos pingues beneficios. Todo un negocio montado en torno a los temas esotéricos, parapsicológicos y paramédicos.

Hace muy poco publiqué, en mi blog “Retales de una vida”, un relato titulado “El incrédulo”, cuyo protagonista, totalmente escéptico en el más allá, se ve empujado a ponerse en manos de una médium de pacotilla que acaba sorprendiéndose de su verdadero don para comunicarse con los espíritus. Esta historia, que yo traté en clave de humor, me la inspiró la película “Ouija: el origen del mal” (2016), que cuenta la historia de una madre viuda que, para sobrevivir, monta sesiones de espiritismo para quienes necesitan consuelo y desean contactar con sus seres queridos recientemente fallecidos. Mediante trucos mecánicos y apariciones ficticias, todo ello manejado e interpretado por sus dos hijas, la joven viuda representa perfectamente su papel de médium. Cuando una de las hijas le cuestiona la moralidad de tal proceder, les hace ver que su conducta no daña a nadie, más bien al contrario, pues dan a sus clientes las respuestas que andan buscando, dándoles paz y sosiego. Y ahí me quedo, pues el resto es puro terror.

Pues bien, esta actividad, a la que podría añadirse la que realizan los astrólogos, videntes y echadores de cartas, sigue siendo hoy en día un negocio floreciente, por increíble que pueda parecer. A la ignorancia de tiempos pretéritos le ha sustituido la necesidad de sentirse seguros y a salvo de cualquier adversidad, presente o futura. Representa una perfecta combinación entre superstición y fraude. Quiero creer, no obstante, que, entre esta barahúnda de estafadores, hay gente que realmente puede ayudar y ayuda a quien lo necesita gracias a un, llamémosle, “don especial”. 

En el terreno del espiritismo, he tenido ocasión de conocer a personas que han participado en sesiones y que aseguran haber tenido experiencias increíbles. Y sé de quienes afirman haber experimentado vivencias que podríamos calificar de paranormales o espirituales. Y todos ellos gozan de mi absoluta confianza. No se trata, pues, de farsantes, sino de personas convencidas de que lo que han visto o experimentado es absolutamente cierto y real. Y yo las creo. Creo en su convencimiento. 

El poder de la mente es algo que todavía desconocemos en todo su potencial y puede lograr que hagamos o sintamos cosas aparentemente inexplicables. No creo en espíritus bondadosos o juguetones que, ociosos en el más allá, acuden a nuestra llamada, usando como intermediario la ouija o un/a médium, para satisfacer nuestra curiosidad sobre cuestiones banales, ─¿con quién me casaré, cuántos hijos tendré, fulano me quiere, cambiaré de trabajo?─, o un tanto funestas ─¿viviré muchos años, cuándo y de qué moriré?─. El supuesto espíritu nunca revela aquello que ninguno de los presentes conoce y ni tan solo pueden adivinar o conjeturar, como el número ganador de la lotería. En la ouija, tampoco creo que haya espíritu alguno que mueva el vaso o el puntero. Y sin embargo se mueve, parafraseando a Galileo. Pero ¿quién o qué lo mueve?

¿Puede una persona mover inconscientemente un objeto respondiendo a un impuso mental? ¿Pueden las cartas del Tarot desvelar incógnitas sobre nuestra vida actual y nuestro futuro? ¿Tienen alguna veracidad las cartas astrales? ¿Pueden los astros influir sobre nuestra vida y comportamiento? ¿Tienen algunos minerales poderes sanadores, activando o equilibrando los canales energéticos conocidos como chakras? ¿Existen los viajes astrales? ¿Son ciertas las psicofonías? ¿Podemos comunicarnos telepáticamente? ¿Existe la telequinesia? ¿Puede alguien sanar con la imposición de manos, con la técnica del Reiki? Una buena lista de cuestiones dignas de controversia sobre las que discutir. 

En todo este batiburrillo, no me siento capaz de afirmar ni negar rotundamente la veracidad de casi nada. Creo que algo de cierto hay en algunas de estas prácticas, aunque quizá no tal como nos las “venden” algunos. Hay muchas cosas que desconocemos y, por tal motivo, tendemos a rechazarlas de plano. Cierto es que, para creer en algo, deberíamos poder detectarlo, evidenciarlo y reproducirlo científicamente. Pero la ciencia todavía está en pañales en algunos aspectos ─especialmente los que están exentos de interés porque no son de algún modo rentables─ y no tiene respuestas para todo. Creo también que no debemos hacer burla de aquello que ignoramos o no comprendemos. ¿Cabe, por ejemplo, en nuestra mente lógica la idea de la infinitud? ¿Entendemos realmente el concepto de tiempo? Desde que sabe que “todo” empezó con el Big Bang, la humanidad parece haberse quedado tranquila. Todo está explicado. Ya conocemos el origen de nuestro Universo. Pero ¿qué había antes? ¿De dónde surgió toda esa energía? Posiblemente también haya una respuesta para esto. Pero ¿entendemos el concepto de la Nada? Fácil resulta decirlo, pero otra cosa muy distinta es comprenderlo. Sólo mentes privilegiadas son capaces de asimilar como naturales conceptos muy abstractos. Yo no. Yo me quedé con la geometría y los teoremas de Pitágoras, de las medianas y de las alturas. Todo medible y visible sobre el papel. En cambio, siempre se me atravesaron las matemáticas modernas. Cuando me decían que el límite de x tendía a infinito, me quedaba tan ancho. Si lo decía el profesor, no me quedaba más remedio que creérmelo y aprendérmelo de memoria, sin entender nada de nada. 

Ahora, fuera de las aulas, sin profesores ni físicos teóricos que puedan rebatirme, pienso ─y eso sí que es fácil─ que ante lo incomprensible y lo indemostrable, solo caben dos salidas: creer o no creer. Así de sencillo. Pero nunca debemos ridiculizar, y mucho menos denostar, a quienes creen en algo aparentemente increíble. Porque nunca sabremos quién tiene la razón. Creer o no creer, esa es la cuestión. 



martes, 14 de febrero de 2017

¿El tamaño importa?


Si no fuera por la imagen que ilustra esta entrada, podríais haber pensado que me estoy refiriendo a un atributo sexual masculino. Disculpad que haya jugado por un momento a la confusión con este término. 

A lo que voy a referirme, sin embargo, es a otro atributo físico masculino, éste visible a simple vista: la estatura, que, a fin de cuentas, es el tamaño corporal. También podría haberme referido a objetos cuyo tamaño importa a bastante gente, como el televisor, el coche, la casa, o cualquier otra cosa que provoque la envidia del prójimo envidioso. Pero he elegido la estatura porque, en más de una ocasión, sobre todo en mi adolescencia, me produjo una gran envidia y algún que otro inconveniente. 

¿La estatura realmente importa? Si me remito a las pruebas, sí, y mucho. Especialmente en los hombres, debo reiterar. La mía, por cierto, es más bien modesta. Mido, o por lo menos medía en mi juventud, 169 cm., estatura que fue, en su día, un impedimento para ligar con ─y ser correspondido por─ las chicas que eran más altas que yo, aunque solo fuera por culpa de sus tacones. Es lógico, pues, que trate este tema desde el punto de vista de quien se ha sentido “bajito” toda su vida, aunque con el tiempo llegara a perder importancia. 

Es bien sabido y perfectamente asumido que las mujeres prefieren a los hombres altos y, si no es mucho pedir, fornidos. Solo hay que ver a la mayoría de parejas. Pero si esta cuestión tan evidente me ha vuelto a llamar poderosamente la atención ha sido gracias a un programa de televisión sobre citas a ciegas. Que conste ─no vayáis a pensar mal─ que no soy un seguidor habitual de los programas del corazón, más bien abomino de ellos, pero el zapping me llevó un día hasta este programa y la curiosidad me pudo durante un cierto tiempo. Así pues, de su visionado, parcial y alternado, he podido volver a reparar en lo extremadamente importante que resulta este rasgo físico para una mujer. En dicho programa, una mayoría aplastante de mujeres, cuando se les pregunta por su prototipo de hombre, mencionan en primer lugar su estatura, seguido de una retahíla de otras cualidades. Pero la estatura figura casi siempre en primer lugar y como una condición sine qua non. Y cuanto más alto, mejor. Así podrá calzarse unos zapatos con tacón de aguja sin superarlo en altura, más de una ha añadido.

Pero no son solo las adolescentes las que expresan esa preferencia ─una edad en la que predomina la atracción física sobre otras consideraciones─, sino que mujeres maduras (pues en dicho programa la franja de edad es muy amplia), también prácticamente en su gran mayoría, dejan bien claro que su pareja tiene que ser alta, o por lo menos más alta que ella. Cada vez que oía cómo expresaban esta preferencia no podía evitar tener la sensación de que se estaba valorando a un ser humano por su tamaño, como el que compra un objeto o un cerdo. Cuanto más grande mejor. 

Ya sé que este, llamémosle, prejuicio, no es exclusivo del sexo femenino, pues muchos hombres se sentirían acomplejados junto a una mujer que les sobrepasara en estatura. Ni la antropología ni la genética humana son mi especialidad, pero de algún modo llevamos impreso en nuestro código genético unos condicionantes que se expresan como preferencias estéticas que, en realidad, responden a unos requerimientos para el apareamiento, heredados de nuestros ancestros y que se han mantenido más o menos inalterados a lo largo de la evolución. Los especialistas en la materia afirman que, por ejemplo, el hombre se siente más atraído por una mujer de caderas anchas porque ese rasgo indicaba una mayor fecundidad. Del mismo modo, la mujer, inconscientemente, busca en un hombre más alto y corpulento la seguridad y la protección que los hombres primitivos ofrecían a las mujeres del clan. Pero no pretendo aquí hacer un estudio biosociológico, para el que no estoy mínimamente preparado. Solo pretendo reflexionar sobre un hecho que deberíamos cuestionarnos: si podemos modificar estos moldes sociales heredados y/o impuestos. ¿Que el físico es importante a la hora de buscar pareja?, no cabe duda. ¿Que cada uno/a es libre de elegir como tal a quien le parezca?, faltaría más. Solo deseo señalar que quizá estamos demasiado imbuidos por prejuicios absurdos que, al margen de esa herencia milenaria, nos vienen impuestos y reforzados por una sociedad manifiestamente superficial. 

Salvando, pues, las escasas excepciones, que a mi parecer confirman la regla, la pareja “ideal” debe estar en primer lugar constituida por un hombre más alto y algo mayor en edad que su pareja femenina. ¿Acaso unos centímetros pueden ser una barrera infranqueable para que dos personas se amen? ¿Cuántas personas habrán perdido la oportunidad de hallar al hombre o a la mujer de su vida por haberse dejado llevar por ─o por no haberse atrevido a romper con─ esa exigencia? ¿La dimensión humana es directamente proporcional a la física? Por supuesto que no, pero la gente sigue mirando con curiosidad y extrañeza a una pareja cogida de la mano en la que ella le sobrepase a él un maldito palmo. 

¿A alguno/a de vosotros/as la diferencia de estatura os ha supuesto un inconveniente a la hora de buscar y formar pareja? ¿Creéis que la estatura importa?