lunes, 10 de abril de 2017

El alma sigue estando en venta


A pesar de haber transcurrido más de dos siglos desde que Fausto vendiera su alma a Mefistófeles a cambio de la juventud, para conseguir el amor de Margarita, todavía hay muchos que siguen vendiendo su alma al diablo, si bien con otros propósitos muy distintos y variados.

Vender el alma al diablo es la forma como indicamos que alguien es capaz de hacer cualquier cosa, incluso aliarse con su peor enemigo, a cambio de lograr sus propósitos, que suelen ser profundamente egoístas. Cada día vemos claros ejemplos de ese proceder, que, en muchos casos, ya casi se nos antojan normales.

¿Acaso no es eso lo que hacen algunos políticos cuando forjan alianzas “contra natura” (la izquierda con la derecha) para eliminar o desplazar del poder a un adversario común o conseguir beneficios electorales? ¿O las alianzas entre políticos o dirigentes de ideología opuesta (Trump-Putin, Le Pen-Trump-Putin) para ayudarse mutuamente a conseguir o mantener el poder? ¿O países democráticos de occidente, aliados con países árabes dictatoriales o en los que no se respetan los derechos humanos (Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Turquía, etc.) a cambio de dinero, vendiéndoles armas o comprándoles carburante? 

En el ámbito empresarial, por ejemplo, se acepta e incluso se atrae un turismo barriobajero, de peleas y borrachera, con tal de llenar sus establecimientos (hoteles, bares, restaurantes y discotecas) a cualquier precio. Money, money. Accediendo, pues, a las exigencias de la hostelería, para favorecer sus ganancias económicas, la administración local o autonómica ─y por lo tanto los bolsillos de los contribuyentes─ tiene que hacerse cargo de los gastos que implica desplegar una mayor dotación de policías municipales y de antidisturbios para asegurar la seguridad ciudadana en las calles de los pueblos y ciudades más turísticamente concurridas. A cambio, el ciudadano de a pie tiene que soportar, en el mejor de los casos, las continuas molestias de esas manadas de extranjeros que a las siete de la tarde ya están en un evidente estado de embriaguez.

Y en el mundo de la delincuencia en su estado más crudo, también hay quien cierra los ojos o mira hacia otro lado a cambio de un buen fajo de billetes. Intermediarios en la prostitución, trata de blancas, abuso de menores, pederastia, narcotráfico. Gente sin escrúpulos que, aun no participando directamente en estos actos execrables, e incluso no estando a favor de ellos, son cómplices necesarios. ¡Cuántos habrán aceptado actuar como “mulas”, llevando en su cuerpo la droga, arriesgándose a ser descubiertos en la frontera y encarcelados solo por dinero y sin pensar en las consecuencias de sus actos! ¿Piensa un “camello” en las muertes que producirá la droga que vende? ¿Piensa quien alquila un piso o habitaciones a proxenetas en lo que ocurre en su interior? ¿O acaso piensa el propietario de una discoteca la repercusión social de su desidia permitiendo el consumo y tráfico de drogas en su local? El caso es no perder clientes.

Todo por la pasta. En estos casos el diablo, ese ente, símbolo del mal y de la tentación malsana, no es un espíritu, es algo mucho más tangible, es el dinero. Hay quien lo califica como don dinero y hay quien lo llama puto dinero. Pero es el mismo poderoso caballero.

Desde luego, hay otras formas de vender el alma al diablo no tan dramáticas, como cuando cedemos ante una imposición para hacer algo contra de nuestra voluntad o conciencia por dinero, aunque ello no implique necesariamente hacer daño a terceros. En este caso sería una forma de prostituirse a sí mismo. El que es, por ejemplo, forzado a emitir un informe “retocando” la verdad en beneficio de una empresa pública, privada o de un partido político. El que favorece injustamente a un candidato “enchufado” porque se lo pide alguien que goza de gran influencia. El que escribe una crónica político-social elogiosa para el régimen en el poder, en contra de su opinión, porque así se lo encarga o "recomienda" el periódico para el que trabaja, pensando en algún tipo de recompensa. El abogado que defiende a quien sabe culpable de un delito grave a cambio de la sustanciosa minuta que su bufete le facturará. O el que trabaja en una multinacional con una política social o ecológica nefasta y no la abandona, en contra de su conciencia, porque gana un espléndido salario y otros beneficios en especie. Y así podríamos prolongar la lista de personas, situaciones y cargos que toleran unas condiciones y exigencias injustas por el bien de su seguridad laboral y bienestar socioeconómico.

Quizá llegado este último punto, muchos debiéramos hacer un examen de conciencia y decir aquello de quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. ¿Quién no ha antepuesto alguna vez su seguridad a la equidad? ¿Quién no habrá vendido ─o alquilado temporalmente─ su alma al diablo? Porque, desgraciadamente, el alma sigue estando en venta.


jueves, 30 de marzo de 2017

Dislexia digital


Tengo un problema. Soy disléxico, pero mi dislexia es digital, es decir que el problema subyace en mis dedos, no en mi mente. ¿O quizá sí?

Hace tiempo ─años─ que lo sé y todavía no he logrado resolver el problema. Nadie más que yo se da cuenta porque procuro ocultarlo. Quizás alguien ha advertido alguna irregularidad, pero lo ha atribuido a eso que todos conocemos como gazapo. Un gazapo tipográfico. Suena muy bien y como todos los hemos cometido alguna vez, es comprensible y excusable.

Pero no os podéis imaginar lo insoportable que me resultan esas anomalías de la lengua escrita por culpa de mis dedos indisciplinados o de mi mente demasiado acelerada.

Me explico. Si solo se tratara de cometer errores al teclear demasiado rápido, tendría un pase. En realidad, soy muy mal escribiente. A pesar de que en mis años mozos ─empecé a los quince años─ escribía con mucha frecuencia a máquina, una máquina de escribir portátil Olivetti Pluma 22, que todavía conservo en perfecto estado, nunca llegué a utilizar más de cuatro dedos, los dedos índice y medio de ambas manos. Y sigo con la misma limitación física, incluso después de abandonar aquel teclado duro que martilleaba sobre el papel para acomodarme a las suaves teclas del ordenador personal.

Pero mi falta de destreza en este sentido solo tendría como resultado unas faltas de ortografía aleatorias. Lo mío, en cambio, es casi preocupante. Siempre tropiezo en las mismas palabras y con las mismas faltas ortográficas. Para muestra, unos cuantos botones.

Donde debe decir dice
Primero pirmero
Comentario comnetario
Problema porblema
Finalmente finalmenete (y todos los adverbios terminados en mente)
Menos menso
País, conocía pañis, conocñia (las palabras acentuadas en la i)
Un UN

Entre otros ejemplos.

Excepto en los dos últimos casos, hay siempre una permutación en el orden de las letras. En el caso de la ñ antecediendo a una i acentuada, ello se debe a que las teclas de esa consonante y del acento son contiguas, de modo que, al pulsar sobre la tecla del acento, pulso, a la vez, la de la ñ, comiéndose esta última al pobre acento agudo. Y en el último caso, el problema reside en que tecleo la n antes de haber liberado la tecla de las mayúsculas, de modo que la N queda impresa antes de soltar la tecla ↑. ¡Y siempre me pasa igual!

Así pues, lo que me exaspera es que, aun sabiéndolo, no logro evitarlo, y para evitarlo tengo que teclear con un cuidado y una lentitud inusual e impropia para mi forma de ser y de actuar. 

Ya tenía razón Napoleón cuando le dijo a su lacayo “vñisteme desapcio qeu tenog pirsa”


viernes, 17 de marzo de 2017

He tenido un sueño


Hoy he tenido un sueño. 

He soñado que la justicia era igual para todos, sin distinción de raza, credo ni condición económica y social.

He soñado que todos los políticos eran honestos, decían siempre la verdad, velaban por el bien común y, si erraban, reconocían sus faltas, se arrepentían y acataban la ley cumpliendo la condena sin prebendas ni favores de ningún tipo.

He soñado que no había mujeres maltratadas que perdían la vida a manos de asesinos, sus parejas actuales o pasadas, movidos por el desdén, el odio, los celos o un perverso deseo posesivo.

He soñado que la xenofobia, los prejuicios raciales, sexuales y religiosos se habían erradicado.

He soñado que nadie era despreciado ni marginado por su forma de pensar, por su ideología política; que la democracia no era solo una palabra biensonante en boca de ciudadanos políticamente correctos sino una realidad.

He soñado que el diálogo se imponía a la disputa y la cerrazón, el sentido común al despropósito y el consenso a la imposición. 

He soñado que las leyes eran justas, que justicia y legalidad iban de la mano y que las normas estaban para servir al ciudadano y no al revés.

He soñado que la libertad de expresión no era un subterfugio para insultar, ofender, calumniar y dañar la imagen de quien nos cae mal, piensa de forma distinta o representa aquello que no nos gusta. 

He soñado que había trabajo para todos, que los jóvenes preparados no debían emigrar, que no existían los contratos-basura, que los salarios eran justos y no se explotaba clandestinamente a trabajadores aprovechándose de su necesidad de supervivencia. Y las mujeres tenían igual salario que los hombres, realizando las mismas tareas, y ninguna mujer trabajadora era objeto de acoso sexual.

He soñado que la riqueza se repartía equitativamente por todo el planeta, no había distinción entre países ricos y países pobres. El tercer mundo había desaparecido. No había empresarios que, movidos por la codicia y ávidos por enriquecerse, externalizaban la producción a países en los que utilizaban mano de obra barata y explotada y que, para acrecentar aún más su capital, evadían pagar impuestos e invertían sus ganancias en paraísos fiscales.

He soñado que el dinero público solo servía para invertirlo en los bienes y servicios para los que había sido recaudado, sin desviaciones fraudulentas, y que las corruptelas y maquinaciones entre empresarios y políticos habían pasado a la historia. 

He soñado que en las escuelas no había alumno/as que sufrían bullying por parte de sus compañero/as, por culpa de su físico, su forma de ser u orientación sexual.

He soñado que no había sublevaciones contra regímenes dictatoriales, porque estos ya no existían. No había guerras genocidas por cuestiones religiosas, ni por cuestiones económicas, ni para alimentar la industria armamentística, ni para acabar con la oposición, ni para reivindicar y ocupar territorios.

He soñado que no existían los extremismos religiosos ni facciones armadas que, en defensa de una fe, llevaban a cabo cruzadas sangrientas para exterminar a los que consideraban infieles y contrarios a sus preceptos.

He soñado que ninguna religión, creencia o ideología sometía a sus fieles a imposiciones que atentaban contra su integridad física o moral. El burka, la ablación, la esclavitud sexual ya eran cosa del pasado. Ya no se adoctrinaba a nadie ni se le instruía para matar a su adversario ideológico. Todas las religiones eran tolerantes con las demás.

Y creo haber soñado que todos los hombres y mujeres sabían vivir en paz y armonía. Habían aprendido de sus errores y de los de sus antepasados.

Pero, por desgracia, solo ha sido eso, un sueño.


Imagen: Martin Luther King Jr, quien, en un discurso pronunciado el 28 de agosto de 1963 en Washington a favor de los derechos civiles, dijo la famosa frase "Yo tengo un sueño (I have a dream)"

lunes, 13 de marzo de 2017

La muerte de la muerte


“En 2045 la muerte será opcional y el envejecimiento curable”, afirma José Luis Cordeiro, ingeniero y fundador de la Singularity University, en Silicon Valley (EUA).

Este visionario ─y seguramente millonario─ venezolano, ingeniero mecánico de formación y un montón de cosas más, fue el protagonista principal del programa “La sexta columna”, emitido el pasado viernes, 13 de marzo, por la Sexta. En dicho programa se mostraron los adelantos de la robótica, se habló de la Inteligencia Artificial, se vaticinó la curación de muchas enfermedades actualmente mortales y, en definitiva, se nos presentó un futuro ahora impensable y a la vez esperanzador, que nos hará más felices y ─ojo al dato─ inmortales. El profesor Cordeiro, en un alarde de optimismo, vino a decir que en un futuro próximo ─a fin de cuentas, ¿qué son veintiocho años?─ solo fallecerán los que así lo deseen o bien los que sufran un inevitable accidente mortal.

En ese futuro, según Cordeiro, los médicos no tendrán ningún papel relevante y el paro será su meta profesional.

Consultados algunos científicos, fervientes creyentes en la curación de todas las enfermedades que hoy afligen a la humanidad, y que actualmente están desarrollando la fabricación de órganos con impresoras 3D, éstos consideraron demasiado prematuros los vaticinios del profesor e ingeniero venezolano, prolongando el tiempo estimado para llegar a hacer realidad ese objetivo. Los más pesimistas fijaron en un siglo el periodo para lograr ese hito.

No voy a extenderme más en el contenido del programa ─de indudable interés─ ni en la información aportada por algunos expertos para refrendar esa tesis. No usaré, para rebatir lo en él augurado, el pasaje bíblico en el cual Yhavé castiga la arrogancia del hombre, al construir una torre con la que pretenden alcanzar el cielo, exponiéndole a la confusión de lenguas. No, no voy a ser apocalíptico ni un fanático religioso; solo utilizaré el sentido común ─que alguien dijo que es el menos común de los sentidos─ y, al margen de lo grotesco y absurdo que se me antoja un hombre inmortal, viviendo cientos y miles de años, formularía a esos sesudos científicos y visionarios las siguientes preguntas: si el hombre no muere, por mucho que se controle la natalidad, ¿qué ocurrirá con la creciente superpoblación en un planeta, como el nuestro, en el que ya existen muchas muertes por sequía y hambruna, y que ya está dando las primeras señales de agotamiento? ¿Quién salvará al planeta Tierra de la muerte? ¿Quizá en ese futuro idílico el hombre inmortal lo será a expensas de los pobres, los más desfavorecidos, que deberán desaparecer para dejarle espacio y alimento?

Porque de lo que no habló el genial ingeniero es de la inmortalidad de la Tierra ni de la búsqueda ─y colonización─ de planetas habitables en otras galaxias, un objetivo solo teóricamente conseguible muy a largo plazo.

¿No es esa una nueva prueba de la soberbia e ignorancia del ser humano? ¿Acaso los árboles no nos dejan ver el bosque?


lunes, 6 de marzo de 2017

Creer o no creer, esa es la cuestión


¿Estamos solos? ¿Existe otra vida después de la muerte? ¿Dios existe? ¿Podemos comunicarnos con el más allá? ¿Existe el destino? ¿Existen universos paralelos? ¿Existe la reencarnación? 

¿Quién no se ha hecho alguna de estas preguntas en más de una ocasión? Y hay muchísimas más. Preguntas sin respuesta o bien con respuestas que nos damos para satisfacer nuestros intereses, acallar nuestros temores y/o nuestras dudas. 

Alrededor de esta inquietud por saber y por conocer lo desconocido, revolotea gente de diversa índole: crédulos e ingenuos; incrédulos e intransigentes; agnósticos e indiferentes; estudiosos con y sin formación científica; autodidactas bienintencionados deseosos por conocer la verdad, etc. Una amalgama de personas y personalidades. Y también los hay quienes viven de hacer creer lo que ni ellos mismos creen: falsos parasicólogos, videntes o adivinos, mentalistas de pacotilla, echadores de cartas, médiums, sanadores y una retahíla de vividores sin escrúpulos, que se aprovechan de las necesidades e ignorancia ajenas, lo cual les reporta unos pingues beneficios. Todo un negocio montado en torno a los temas esotéricos, parapsicológicos y paramédicos.

Hace muy poco publiqué, en mi blog “Retales de una vida”, un relato titulado “El incrédulo”, cuyo protagonista, totalmente escéptico en el más allá, se ve empujado a ponerse en manos de una médium de pacotilla que acaba sorprendiéndose de su verdadero don para comunicarse con los espíritus. Esta historia, que yo traté en clave de humor, me la inspiró la película “Ouija: el origen del mal” (2016), que cuenta la historia de una madre viuda que, para sobrevivir, monta sesiones de espiritismo para quienes necesitan consuelo y desean contactar con sus seres queridos recientemente fallecidos. Mediante trucos mecánicos y apariciones ficticias, todo ello manejado e interpretado por sus dos hijas, la joven viuda representa perfectamente su papel de médium. Cuando una de las hijas le cuestiona la moralidad de tal proceder, les hace ver que su conducta no daña a nadie, más bien al contrario, pues dan a sus clientes las respuestas que andan buscando, dándoles paz y sosiego. Y ahí me quedo, pues el resto es puro terror.

Pues bien, esta actividad, a la que podría añadirse la que realizan los astrólogos, videntes y echadores de cartas, sigue siendo hoy en día un negocio floreciente, por increíble que pueda parecer. A la ignorancia de tiempos pretéritos le ha sustituido la necesidad de sentirse seguros y a salvo de cualquier adversidad, presente o futura. Representa una perfecta combinación entre superstición y fraude. Quiero creer, no obstante, que, entre esta barahúnda de estafadores, hay gente que realmente puede ayudar y ayuda a quien lo necesita gracias a un, llamémosle, “don especial”. 

En el terreno del espiritismo, he tenido ocasión de conocer a personas que han participado en sesiones y que aseguran haber tenido experiencias increíbles. Y sé de quienes afirman haber experimentado vivencias que podríamos calificar de paranormales o espirituales. Y todos ellos gozan de mi absoluta confianza. No se trata, pues, de farsantes, sino de personas convencidas de que lo que han visto o experimentado es absolutamente cierto y real. Y yo las creo. Creo en su convencimiento. 

El poder de la mente es algo que todavía desconocemos en todo su potencial y puede lograr que hagamos o sintamos cosas aparentemente inexplicables. No creo en espíritus bondadosos o juguetones que, ociosos en el más allá, acuden a nuestra llamada, usando como intermediario la ouija o un/a médium, para satisfacer nuestra curiosidad sobre cuestiones banales, ─¿con quién me casaré, cuántos hijos tendré, fulano me quiere, cambiaré de trabajo?─, o un tanto funestas ─¿viviré muchos años, cuándo y de qué moriré?─. El supuesto espíritu nunca revela aquello que ninguno de los presentes conoce y ni tan solo pueden adivinar o conjeturar, como el número ganador de la lotería. En la ouija, tampoco creo que haya espíritu alguno que mueva el vaso o el puntero. Y sin embargo se mueve, parafraseando a Galileo. Pero ¿quién o qué lo mueve?

¿Puede una persona mover inconscientemente un objeto respondiendo a un impuso mental? ¿Pueden las cartas del Tarot desvelar incógnitas sobre nuestra vida actual y nuestro futuro? ¿Tienen alguna veracidad las cartas astrales? ¿Pueden los astros influir sobre nuestra vida y comportamiento? ¿Tienen algunos minerales poderes sanadores, activando o equilibrando los canales energéticos conocidos como chakras? ¿Existen los viajes astrales? ¿Son ciertas las psicofonías? ¿Podemos comunicarnos telepáticamente? ¿Existe la telequinesia? ¿Puede alguien sanar con la imposición de manos, con la técnica del Reiki? Una buena lista de cuestiones dignas de controversia sobre las que discutir. 

En todo este batiburrillo, no me siento capaz de afirmar ni negar rotundamente la veracidad de casi nada. Creo que algo de cierto hay en algunas de estas prácticas, aunque quizá no tal como nos las “venden” algunos. Hay muchas cosas que desconocemos y, por tal motivo, tendemos a rechazarlas de plano. Cierto es que, para creer en algo, deberíamos poder detectarlo, evidenciarlo y reproducirlo científicamente. Pero la ciencia todavía está en pañales en algunos aspectos ─especialmente los que están exentos de interés porque no son de algún modo rentables─ y no tiene respuestas para todo. Creo también que no debemos hacer burla de aquello que ignoramos o no comprendemos. ¿Cabe, por ejemplo, en nuestra mente lógica la idea de la infinitud? ¿Entendemos realmente el concepto de tiempo? Desde que sabe que “todo” empezó con el Big Bang, la humanidad parece haberse quedado tranquila. Todo está explicado. Ya conocemos el origen de nuestro Universo. Pero ¿qué había antes? ¿De dónde surgió toda esa energía? Posiblemente también haya una respuesta para esto. Pero ¿entendemos el concepto de la Nada? Fácil resulta decirlo, pero otra cosa muy distinta es comprenderlo. Sólo mentes privilegiadas son capaces de asimilar como naturales conceptos muy abstractos. Yo no. Yo me quedé con la geometría y los teoremas de Pitágoras, de las medianas y de las alturas. Todo medible y visible sobre el papel. En cambio, siempre se me atravesaron las matemáticas modernas. Cuando me decían que el límite de x tendía a infinito, me quedaba tan ancho. Si lo decía el profesor, no me quedaba más remedio que creérmelo y aprendérmelo de memoria, sin entender nada de nada. 

Ahora, fuera de las aulas, sin profesores ni físicos teóricos que puedan rebatirme, pienso ─y eso sí que es fácil─ que ante lo incomprensible y lo indemostrable, solo caben dos salidas: creer o no creer. Así de sencillo. Pero nunca debemos ridiculizar, y mucho menos denostar, a quienes creen en algo aparentemente increíble. Porque nunca sabremos quién tiene la razón. Creer o no creer, esa es la cuestión. 



martes, 14 de febrero de 2017

¿El tamaño importa?


Si no fuera por la imagen que ilustra esta entrada, podríais haber pensado que me estoy refiriendo a un atributo sexual masculino. Disculpad que haya jugado por un momento a la confusión con este término. 

A lo que voy a referirme, sin embargo, es a otro atributo físico masculino, éste visible a simple vista: la estatura, que, a fin de cuentas, es el tamaño corporal. También podría haberme referido a objetos cuyo tamaño importa a bastante gente, como el televisor, el coche, la casa, o cualquier otra cosa que provoque la envidia del prójimo envidioso. Pero he elegido la estatura porque, en más de una ocasión, sobre todo en mi adolescencia, me produjo una gran envidia y algún que otro inconveniente. 

¿La estatura realmente importa? Si me remito a las pruebas, sí, y mucho. Especialmente en los hombres, debo reiterar. La mía, por cierto, es más bien modesta. Mido, o por lo menos medía en mi juventud, 169 cm., estatura que fue, en su día, un impedimento para ligar con ─y ser correspondido por─ las chicas que eran más altas que yo, aunque solo fuera por culpa de sus tacones. Es lógico, pues, que trate este tema desde el punto de vista de quien se ha sentido “bajito” toda su vida, aunque con el tiempo llegara a perder importancia. 

Es bien sabido y perfectamente asumido que las mujeres prefieren a los hombres altos y, si no es mucho pedir, fornidos. Solo hay que ver a la mayoría de parejas. Pero si esta cuestión tan evidente me ha vuelto a llamar poderosamente la atención ha sido gracias a un programa de televisión sobre citas a ciegas. Que conste ─no vayáis a pensar mal─ que no soy un seguidor habitual de los programas del corazón, más bien abomino de ellos, pero el zapping me llevó un día hasta este programa y la curiosidad me pudo durante un cierto tiempo. Así pues, de su visionado, parcial y alternado, he podido volver a reparar en lo extremadamente importante que resulta este rasgo físico para una mujer. En dicho programa, una mayoría aplastante de mujeres, cuando se les pregunta por su prototipo de hombre, mencionan en primer lugar su estatura, seguido de una retahíla de otras cualidades. Pero la estatura figura casi siempre en primer lugar y como una condición sine qua non. Y cuanto más alto, mejor. Así podrá calzarse unos zapatos con tacón de aguja sin superarlo en altura, más de una ha añadido.

Pero no son solo las adolescentes las que expresan esa preferencia ─una edad en la que predomina la atracción física sobre otras consideraciones─, sino que mujeres maduras (pues en dicho programa la franja de edad es muy amplia), también prácticamente en su gran mayoría, dejan bien claro que su pareja tiene que ser alta, o por lo menos más alta que ella. Cada vez que oía cómo expresaban esta preferencia no podía evitar tener la sensación de que se estaba valorando a un ser humano por su tamaño, como el que compra un objeto o un cerdo. Cuanto más grande mejor. 

Ya sé que este, llamémosle, prejuicio, no es exclusivo del sexo femenino, pues muchos hombres se sentirían acomplejados junto a una mujer que les sobrepasara en estatura. Ni la antropología ni la genética humana son mi especialidad, pero de algún modo llevamos impreso en nuestro código genético unos condicionantes que se expresan como preferencias estéticas que, en realidad, responden a unos requerimientos para el apareamiento, heredados de nuestros ancestros y que se han mantenido más o menos inalterados a lo largo de la evolución. Los especialistas en la materia afirman que, por ejemplo, el hombre se siente más atraído por una mujer de caderas anchas porque ese rasgo indicaba una mayor fecundidad. Del mismo modo, la mujer, inconscientemente, busca en un hombre más alto y corpulento la seguridad y la protección que los hombres primitivos ofrecían a las mujeres del clan. Pero no pretendo aquí hacer un estudio biosociológico, para el que no estoy mínimamente preparado. Solo pretendo reflexionar sobre un hecho que deberíamos cuestionarnos: si podemos modificar estos moldes sociales heredados y/o impuestos. ¿Que el físico es importante a la hora de buscar pareja?, no cabe duda. ¿Que cada uno/a es libre de elegir como tal a quien le parezca?, faltaría más. Solo deseo señalar que quizá estamos demasiado imbuidos por prejuicios absurdos que, al margen de esa herencia milenaria, nos vienen impuestos y reforzados por una sociedad manifiestamente superficial. 

Salvando, pues, las escasas excepciones, que a mi parecer confirman la regla, la pareja “ideal” debe estar en primer lugar constituida por un hombre más alto y algo mayor en edad que su pareja femenina. ¿Acaso unos centímetros pueden ser una barrera infranqueable para que dos personas se amen? ¿Cuántas personas habrán perdido la oportunidad de hallar al hombre o a la mujer de su vida por haberse dejado llevar por ─o por no haberse atrevido a romper con─ esa exigencia? ¿La dimensión humana es directamente proporcional a la física? Por supuesto que no, pero la gente sigue mirando con curiosidad y extrañeza a una pareja cogida de la mano en la que ella le sobrepase a él un maldito palmo. 

¿A alguno/a de vosotros/as la diferencia de estatura os ha supuesto un inconveniente a la hora de buscar y formar pareja? ¿Creéis que la estatura importa?


lunes, 30 de enero de 2017

Sigena y Salamanca


En realidad, el título de esta entrada debería ser “los bienes del Monasterio de Santa María de Sigena y los papeles de Salamanca”, pero, por razones de espacio, lo he resumido con el nombre de las dos localidades origen de un conflicto interterritorial azuzado por intereses políticos y abonados con la mala fe de unos y la ignorancia (en el sentido literal de la palabra) de otros.

Intentaré tratar este tema de la forma más objetiva y respetuosa posible, siempre desde mi punto de vista, pues el objeto de esta reflexión no es otro que demostrar cómo dos hechos que guardan cierta similitud pueden llegar a ser tratados de forma muy dispar, incluso contrapuesta, anteponiéndose el interés personal o partidista a la razón.

Como ya sabéis, el denominador común de ambos conflictos estriba en la recuperación de un patrimonio por su propietario original y en ambos casos la Generalitat de Catalunya le ha tocado jugar el papel del malo de la película, el de expoliador, término que, según la RAE, significa aquél que despoja de algo a alguien con violencia o iniquidad.

Si alguien, al llegar a este punto cree que voy a hacer un alegato catalanista está equivocado. Soy catalanista ─entendiéndose con ello que amo y defiendo los intereses sociales, económicos, culturales y lingüísticos de mi tierra, Catalunya, como lo haría cualquier otro ciudadano con su Comunidad─, no me seduce en la actualidad ningún partido político, aunque cojeo ligeramente hacia la izquierda, creo en la justicia y la igualdad ─aunque tenga motivos para dudar de su existencia en la tierra─ y abogo por la objetividad y la verdad como bases de esa pretendida justicia y de una convivencia pacífica.  Dicho esto, entraré sin más dilación en materia. 

Quien esté al tanto de la disputa entre Aragón y Catalunya ─aunque debería decir entre sus instituciones─, sobre las obras de arte del Monasterio de Santa María de Sigena, habrá oído cómo, en repetidas ocasiones, diversas autoridades aragonesas, incluyendo a su presidente, han calificado de expolio el haberse trasladado retablos y otras obras de arte de dicho Monasterio Oscense a Catalunya. 

El asunto es muy controvertido y según las fuentes consultadas los hechos ocurrieron de forma muy distinta. No entraré aquí a valorar hasta qué punto discrepan las versiones, pues son tales y tantas las contradicciones del cómo y del porqué, que incluso llegué a dudar de si dichas fuentes se referían al mismo hecho, lugar y época.

Tampoco entraré a juzgar (pues ni soy un entendido en leyes ni las informaciones obtenidas me ofrecen una garantía de absoluta imparcialidad) si tiene razón o no el gobierno de Aragón al denunciar e intentar invalidar la compra de aquellas obras. Lo que sí creo que está claro es que, por ambas partes, se ha sensibilizado a la opinión pública, como siempre ocurre en las disputas en las que intervienen intereses políticos, con argumentos distorsionados, cuando no exagerados. De hecho, cuando el Tribunal Constitucional dio la razón a Catalunya, tras 14 años de deliberación, añadía en su sentencia que no entraba en la legalidad de la venta ni en la calificación de los bienes. Por lo tanto, si se ajusta a derecho la recuperación de dichas obras por su propietario original, que se haga mediante las diligencias legales pertinentes, pero siempre basándose en la veracidad de los hechos, como debe ser en cualquier procedimiento judicial. Pero me solivianta constatar cómo se utiliza el término expoliar alegre e impunemente, ante la aquiescencia general, cuando la famosa frase del ex presidente de la Generalitat Catalana, Artur Mas, “España nos roba”, levantó ampollas a lo largo y ancho de la península. Y antes de terminar con esta primera parte, lanzo una pregunta a quien sepa más que yo al respecto: ¿Por qué Aragón no reclama al Museo del Prado las obras de arte de Sigena que en él se exponen, entre las que se encuentra el fragmento del retablo mayor del Monasterio, adquirido por subasta? 

Hago ahora un salto geográfico y temporal para situarme en el Archivo de la Guerra Civil Española de la capital salmantina, donde se conservaban los llamados “papeles de Salamanca” reclamados por la Generalitat de Catalunya.

Para entender esta otra disputa institucional, es menester recordar que cuando en 1939 se produjo la caída de Catalunya en manos del ejército franquista, sus autoridades militares incautaron toda la documentación que pudieron encontrar en las sedes de las instituciones, los partidos políticos, las organizaciones sindicales, las asociaciones culturales y los domicilios de particulares, como pruebas para perseguir y juzgar a los que habían apoyado al bando republicano. Todos esos documentos se enviaron a Salamanca, donde se encontraba el Cuartel General del Generalísimo, para ser evaluada.

Aquí también evitaré entrar en detalles de este contencioso, por lo prolijo que sería, y solo diré que se inició, en este caso, a instancias de la Generalitat de Catalunya cuando esta reclamó al Gobierno Central que se restituyeran estos documentos a sus verdaderos propietarios. No hace falta recordar que también este hecho levantó ampollas y que también tuvo de intervenir el Tribunal Constitucional quien finalmente falló a favor del demandante. Aun así se produjo una gran movilización y resistencia en contra de esa medida, hasta tal punto que el traslado de las primeras 500 cajas de documentos se realizó de madrugada y con un fuerte despliegue policial para evitar incidentes. Esta operación se repitió en varias ocasiones (tal era la cantidad de documentación incautada) mientras que las autoridades autonómicas y municipales locales presentaban múltiples recursos con el argumento de que representaba ─y cito textualmente─ una expoliación.

Y aquí es donde yo quería llegar después de este (espero que no muy largo) camino, a lanzar nuevas preguntas cuyas respuestas también dejo en el aire: Si la compra ─por muy torticera que fuera─ de unas obras de arte gravemente deterioradas, su posterior restauración y traslado de una Comunidad Autónoma a otra se considera expolio, ¿por qué la incautación de una propiedad de un particular o institución, contra su voluntad y sin compensación económica alguna, no y sí en cambio su justa devolución? ¿Por qué ese doble rasero? ¿A santo de qué ese agravio comparativo? ¿Por qué debemos recurrir siempre a la judicialización de disputas cuando debería primar el sentido común y el consenso? 

Llegado aquí me doy cuenta que soy muy repetitivo, quizá incluso cansino, pues no es la primera vez (y no puedo prometer que sea la última) que hago alusión a la necesidad del entendimiento, del diálogo, de la no politización de asuntos sociales y culturales, de la no incitación a la violencia verbal ni al odio interterritorial, a la necesidad de utilizar la razón y hacer un esfuerzo por comprender la postura del otro, de no tergiversar la verdad, de vivir, en suma, en paz y armonía, olvidando viejas rencillas y aparcando la soberbia y un mal entendido orgullo nacional.

Si hablamos con propiedad, no olvidemos que quien sí llevó a cabo un verdadero expolio fue el ejército nazi, apropiándose “con violencia e iniquidad” de obras de arte pertenecientes a los judíos residentes en los países ocupados, como preludio al holocausto. Seamos, pues, estrictos a la hora de utilizar ciertos términos que no se ajustan a la realidad.

Ilustración.- Izquierda: Monasterio de Sta. María de Sigena; Derecha: Fachada del Archivo de la Guerra Civil Española (Salamanca)